lunes, 5 de septiembre de 2011
Así es la vida: ¡Dura pá tó el mundo!
Estoy deseperaita comadre Marina. Mañana tengo que pagar los cuatroscientos bolos del rancho ¡Y yo aqui con las ruedas pá arriba! ¿Te dije que Rosamaría está sin trabajo? ¿Qué voy a hacer?
¿Qué te puedo decir Iraida? Tú sabes… Yo estoy pior. Afigúrate que el vagamundos de mi marío me dejó… y no es nada… parece que se metió a raro ¿Qué tal? Las otras noches me topé con la parcha de Melanine y la muy loca me dijo que Rosendo era suyo
Verdad que cada cual tiene su cruz. Vamos mejor a tomarnos un guarapito de café y a hablar de cosas alegres a ver si mejora el día … ¿Se fijó comadre que con la nueva ley soltaron un bojote de malandros que estaban presos?¿Los malandros nada más?
Mire comadre ¡Soltaron a Raymundo y a todo el mundo. Por Ahí andan cobrando peaje otra vez. Y también se dice, no me lo crea si quiere, pero que en el rancho de María los tripones están vendiendo la penca y la piedra que juega garrote…Mejor cambiamos el temita. Este asunto me pone brava porque a la final, esos malandros siempre hacen lo que se le da la gana. Pá ellos no hay policía.
Policía solamente hay palendejo que medio le conteste mal a uno de ésos… Mire comadre, mejor le pregunto ¿Qué es de la vida de José Camacho?
-Ay comadrita ¡Ese es otro dolor que yo tengo! Me lo tienen preso al pobre…
¡Por Dios mujer! ¿Y eso por qué? ¿Qué hizo el muchacho?
¿Qué puede hacer el pobre José?... Que lo agarraron vendiendo equipos de sonido que al parecer eran de contrabando… Camacho no sabía… bueno o sabia pero el hambre es hereje mana… el caso es que me lo tienen en La Planta porque por esos lares estaba trabajando el crédulo… Y entonces de bolas, Camacho preso y el rueda e molino sueltito y cosiendo a puñalada a medio barrio. ..Y en ésas cárceles dios que hay un muerto a cada rato... yo no tengo vida. no..¡Pero eso sí!...¡al que le facilitó los equipos ni por el carajo lo agarraron!
¡Qué bolas! pagó el más pistola… porque yo le aseguro que el otro tiene billete. Acuérdese que lo mismito me le pasó al Beto ¡Y entodavía no se sabe en qué va a parar la cosa! Mire,y ya que mentó al Beto ¿Qué es de la vida de su mujer, verdad que se la llevaron pá la maternidad?
-¡Ojalá comadre y hubiese sido pá la maternidad! ¡Qué va! Le dio una moridera y tuvimos que recorrernos toda Caracas buscando un hospital.
Menos mal que Jhourny nos llevó en su jeep… ¿Y qué fue lo que le pasó?
-No se la verdad. Eduardo le leyó un tabaco hace unos días. Me dijo que le tenían un trabajo montado y a ella ya le venía doliendo la cabeza. Yo agarré unos realitos que tenía por ahí y le mandé a tumbar el trabajo ¡Pero qué va! La mujer empeoró hasta que le dio un dolor de cabeza que la puso tonta. Se desmayó y todo…
-¿Y los médicos qué le dijeron?
Ellos tampoco saben. La tienen en Coche haciéndole “pruebas”… mire, sino le fueramos llevao las sabanitas y las sopitas se muere de mengua ¡Qué se lo digo yo!
-No se queje comadre. Cuando menos se la recibieron en el hospital. Yo desde el año pasado que busco cama parar operarme las varices y esta es la fecha…
No si es verdad. Eso de enfermarse en este país es una locura. Dígame nosotras que trabajamos por días ¿Quién nos reconoce reposo si nos enfermamos?
-No y los chamos… ¿Supo usté que se murió el niño más chiquito de Magdalena?-No puede ser… ¿Cómo? dígame… Écheme el cuento…
Bueno, que con esto de las lluvias, se le enfermaron los mayores de dengue. Y pa poder estar con los chamos en el hospital, se los entregó a la cuñada en la vereda siete… usted sabe… Adelaida…
-Ajá sí, la del chamito medio bachaco…
-Sí ésa… el caso es que no paró de llover y el rancho de Adelaida se cayó… Y bueno, se le vino una de las paredes de material encima al tripón y… bello el muchachito… ¡Qué Dios lo tenga en su gloria!
Yo de todo eso no supe nada! ¡También qué voy a saber si me la pasé paleando aguas pá que no se metieran en el rancho! Los otros días se desbordó la quebrada y eso fue la locura… Todos en esta calle andábamos en eso…
-Bueno comadre ¿Qué le vamos a hacer? Así es la vida… ¿Otro guayoyito?... Mire que está fresquito el café, sólo lo colé dos veces.
¡Ay sí, me viene bien! Yo tengo como dos días a punta de arroz y una cervecita que me tomé anoche con el Cherry que fue a casa a llevarme una mesita que le regalaron en el trabajo.
-Bueno porque están remodelando y no querían la mesa…
Qué por que no has comido?
-Ah bueno…claro…por los disgustos…Y la diarreita ésa que me dio que ayudó también.
-Mire comadrita, yo creo que en el fondo una debe de darle gracias a Dios por estar viva… ¿No cree?
-Eso es verdad. El que lo estemos contando ya es mucho. Fíjese sino las otras noches se armó una balacera que yo creí me moría. Las balas pasaban raspando la pared de zinc que dá pá donde tengo las hornillas ¡Un susto teníamos! Pero amanecimos vivos con el favor de Dios.-Es que los sufrimientos son pruebas que el Señor le manda a una…
-Si yo creo eso y hasta lo de los cerros que se caen con el agua es cosa de Dios…A propósito comadre… ahora que mienta agua… ¿Qué es lo que pasa abajo en Las Adjuntas que no sale agua pal tanque? ¡Hace dos días que no recojo!
-Que se robaron las tuberías…
-No me diga eso ¿Y ahora pá cuando? ¡Ay qué angustias!
-No joda comadre… angustias las de Edén pá que lo sepa ¿Supo que la botaron de su ranchito?
-Nó, no supe… ¿y Cómo váser?
-Guá… la pobre negra gritó y chilló… pero el muy perro de Pancho igualito a coñazo limpio la sacó con todo y que está pipona.
-Es que era de esperarse. Ese perro de Pancho Pepe es un borracho. Todo el mundo sabe que anda medio enredado con una carajita que puede ser su hija
-No y oiga… le cuento que la pobre Edén anda arrimada en casa de Luz y ésa si es verdad que es una macaurel ¡Yo no sé en qué va a parar la cosa!
¿En qué quiere usted que pare? ¡En ná mija! Yo de ese pabilo tengo rollos porque como usted bien sabe mi hija la mayor andubo un tiempo dando tumbos por ahí, pero como es una mujer echá pá lante, se puso a trabajar fija en una casa en donde le aceptaron el mocoso…
Le digo que no sé… eso de trabajar fija…no sé…a una la tratan mal. Creen que una es un esclavo. Son las diez de la noche y todavía te dan órdenes…casi no puedes visitar a los tuyos…a ellos no les importa si tú tienes hijos… siempre una reclamadera…no sé…
-Sí pero es preferible eso a andar buscándose líos con denuncias en tribunales pidiéndole al muérgano del padre de tú hijo que te lo mantenga ¿Para qué? Para que al final, después de un realero y un montón de papeles, te salgan con que el tipo tiene que depositar cien bolívares en tribunales Con eso no pagas ni el pasaje coño!
-No la verdad… mire y hablando de todo como los locos ¿Cómo qué hora será?
-Por allí escuche subiendo el jeep de Pedro, así que son como las siete…"
-¡Las siete ya! Me tengo que ir disparada a hacer las arepitas…si el negro llega y no tiene sus arepitas ¡Se arma el peo! usted sabe que al negro le gusta que lo atiendan…
-Feliz usted que aunque sea a los coñazos tiene un hombre que la representa…yo ni eso…
-No se aflija, la vida es dura pá todos.
-Yo quisiera saber si pá los ricos también. Una aquí, estirando el dinerito para comer arroz, plátano, caraotas y de vez en cuando un periquito y unas lenteja Sufriendo penurias si alguien se enferma. Teniendo miedo a las lluvias. Juyéndole al dengue, la sarna, la diarrea…Escondiéndosele a los malandros, los periqueros, las balas. Corriéndole a los derrumbes. Mortificándose con el cupo de las escuelas
-¡Qué nó comadre! No hable así…los ricos tienen sus penas…el dinero trae desgracia ¿Usted no vé en las novelas cómo se pelean entre hermanos por una herencia? Fíjese en las novelas… ¡Ellos también la pasan muy mal!
-No sé que decirle…verá…yo si creo que todo el mundo tiene su cruz…pero con dinero como que pesaría menos…
-¡No hable aguaje comadre! El dinero no hace la felicidad. Acuérdese de la novela del cuatro. Mucho dinero…pero…hasta se puede decir wue ser rico es malo.
-A la final hay que respirar hondo y seguir pá lante
-Un beso comadrita. Y usté sabe… pobremente estoy a la orden
-Gracias mujer…yo sé…yo le doy gracias a Dios. Hay que conformarse. No sirve de nada lamentarse. Hay que rezar…
Así mismito es… Mire comadre…hágame un favor si puede…
-Si está en mis manos… ¡con mucho gusto!...dígame…
-¿Me regala una ñemita que no tengo?... Hasta pasado mañana que cobre y vaya pá la bodega.
Una ñemita tengo. Le puedo dar también unos tomaticos. Aquí tiene y no se preocupe, a todos nos pasa eso de vez en cuando. Tenga…
Dios se lo pague. Hasta mañana… ¡Ah comadre!... esté mosca esta noche póngase pilas…
Sí ¿Y por qué?-serif; -Porque dicen que el cojo le va a ajustar las cuentas al cachaco y se puede cargar de plomo esta zona.
Ajá… gracias por el dato… hasta mañana si Dios quiere pues… y ¡Ánimo! Mire que la vida es dura pá todo el mundo ¡Pà tó el mundo! ¿Qué le vamos a hacer?
domingo, 4 de septiembre de 2011
LA MUÑECA DE CRISTAL
Mamá solía besarme mientras me decía “mi niño”. Y me besaba con sus labios secos, yo me fijaba en los largos surcos que recorrían su rostro. Surcos que atravesaban su cuerpo también y se desbordaban en sus manos… No me gustaba…
Mi madre tuvo un sol, único varón. Me tuvo a mí… Nací cuando ya nadie esperaba que tal cosa pudiese ocurrir. Mamá era tan anciana que antes de verme crecer, se tornó senil. Pero ahí estaba Adela para sustituirla. Tía Adela era la más pequeña de las hermanas de mamá. Ella era recia, altiva, dominante ¡Qué pesada era Adela! Cuando yo nací tenía cuarenta y seis años. Y según sé, me utilizó de excusa para darle algún valor a su vida.
Tía Jacinta en cambio era distinta. Era la hermana del medio. La hermana tonta y paciente. Ella me mimaba a punta de dulces. Sólo vivía para hacer conservas de coco y catalinas. Y a mí me comparaba con sus melcochas y me llamaba “azuquita” ¡Cuánta empalagosa tontería!
Las dos hermanas Velásquez eran toda mi familia. No había primos, ni hermanos ni padre. En realidad mi papá era una foto amarilla en un libro polvoriento… La verdad, mi vida en los Robles con las hermanas Velásquez era una aburrida prisión con barrotes de salitre y muros de naftalina…
A mi niñez le dieron forma los cuentos de “La Pilarica” “Juana la loca” y “La gran campana de bronce”.
Y mi lugar para jugar era un ático oscuro, lleno de moho. Un lugar desde donde se
podía ver el mar por una ventana ínfima. Un lugar desde donde yo veía como una
rayita lejana, el horizonte…
Allí me instalaba a jugar con lo que tuviera a mano: Un maniquí de costura. Un viejo cofre con cartas y recetas. Un recetario para preparar ¿Adivinen qué? ¡Conservitas de papelón!...Yo fingía muchas veces que las hacía mezclando lodo y agua de mar…
En el ático había también retazos, muebles viejos, fotos amarillas y una talla de cristal (quizás lo único hermoso allí). Una talla que representaba a una mujer desnuda extendiendo los brazos al cielo. Una pieza que se me figuraba parecida al mar.
El día que descubrí la muñeca pasé horas imaginando cosas. Imaginé otros mundos. Imaginé artistas trabajando piezas como la que yo tenía en las manos. Imaginé libros. Imaginé irme…
Me enseñó a pulirla y sacarle brillo a la muñeca la negra Jimena. Jimena trabajaba con mi mamá desde mucho antes de mi nacimiento. Era una vieja odiosa. Jimena sabía aprovechar la sinfonía marina para relatar leyendas tenebrosas que terminaban por sucumbir en sus repugnantes guisos…
Todos los viernes, Jimena batía los trapos sucios contra las rocas del despeñadero para lavarlos y blanquearlos. Mientras tanto, yo me sentaba a cierta distancia viendo como las algas iban y venían tratando de huirle a sus talones ¡Hasta las algas le corrian!
No puedo imaginar que la vieja Jimena hubiese sido joven alguna vez. Sin embargo, así lo aseguran Adela y Jacinta…
Para olvidarme de las tías, de mamá, de Jimena y del aburridísimo mundo que me rodeaba, yo me escondía en el ático a soñar. Entre un despertar y otro pulía mi talla
con frenesí.
Tanto llegó a brillar que un simple rayito de sol me mostraba cien colores con sólo cruzar su cintura…
Una mañana (como muchas otras), el sol se ocultó tras negros nubarrones. El mar en su bravata, arremetía contra todo lo que se cruzara en su camino. Grandes círculos de arena eran revueltos en la orilla sin piedad alguna.
Jacinta (como siempre), se santiguaba repitiendo “algo terrible va a pasar” mientras estiraba y estiraba la melcocha.
Adela (como siempre), corría de un lado a otro, asegurando puertas y ventanas con enormes maderos.
Mamá (como siempre), rezaba y rezaba largas e interminables letanías que sonaban así: “sagrado corazón de Jesús, ten piedad” “Torre de David, ruega por nosotros”… “Santísima luz, protégenos”…
La tormenta arreció y (como siempre), me encerré en el ático. Nadie parecía acordarse de mí -mejor- Así podía abrazar a mi muñeca y sentir su fría desnudez que lentamente iba al calor de mi cuerpo, tornándose en algo tibio y acogedor … ¡Frágil pero fuerte la talla de cristal!
La tormenta se fue como vino. Pero al tranquilizarse el mar, junto a las gaviotas y las algas amontonadas en la arena, hizo, como siempre, su aparición el baboso padre Argimiro.
El baboso Argimiro siempre tiene las mejillas arreboladas como un coral y le gotean las fosas nasales (como si tuviera una lapa viva atrapada en ellas).
El baboso Argimiro se la pasa agitado. Uno reconocía que estaba en la casa porque podía escuchar sus resoplidos al caminar. Si alguien se atraviesaba en el camino del Argimiro, enseguida recibía una palmadita en los glúteos acompañada de una “bendición”…¡Qué tipo baboso el padre Argimiro! Y en general ¡Qué horrible era la vida en Los Robles!
Bueno… la verdad… no todo era malo. En días de intenso calor y cielo muy azul, llegaba la cariñosa doña Berta. Una viuda rechoncha de ojitos chiquitos y bonachones. Doña Berta era especial pero desgraciadamente tenía un terrible aliento, y por eso yo no podía darle un beso de agradecimiento cuando me obsequiaba dulces… No siempre estaba en el ático puliendo mi muñeca, a veces iba a la playa con doña Berta y de su mano me sentía como alguien que conocía la playa por primera vez. Me gustaba espantar cangrejos y a doña Berta le gustaba verme correr tras ellos. Y ambos disfrutábamos recoger conchas de todos los tamaños y colores. Y pescar con improvisados cordeles.
También con Doña Berta disfrutaba mucho del atardecer. Era como si el sol se apagara en el agua.
Y de regreso, si me topaba con Jimena me gustaba patearle el trasero mientras batía la ropa y luego huir a la misma velocidad de sus imprecaciones ¡Cómo se reía de esto doña Berta y cómo se enojaba Jimena!
Yo volaba papagayos. Adela fue quién me enseñó a hacerlos. Y el baboso Argimiro me enseñó a elevarlos. Esa fue la única cosa interesante que esos dos me legaron.
Pero como todo tiene un precio, en agradecimiento, yo tenía que ir todos los domingos
a misa. De punta en blanco con los encajes que me cosía Adela. De la mano de mamá y
Jacinta… ¡Cómo detestaba ir a misa!
¡Cómo me desagradaba el baboso Argimiro!
Odiaba sus palmaditas…
Me asqueaba el aliento de Berta
Me obstinaba lo aburrida que podía resultar Jacinta.
Me agobiaba la rectitud de Adela.
Me deprimía la vejez de mamá.
Me encolerizaba la negra Jimena.
Me desagradaban las fotos amarillentas de papá.
Yo sabía que más allá de las algas muertas arremolinadas en la costa. Más allá de este caserío insípido llamado Los Robles, había un mundo de verdad. Un mundo ajeno a dulces, leyendas, gaviotas, mal aliento, goteo de narices…Un mundo de colores con enormes papagayos cruzando el cielo y tallas de cristal por doquier.
Un mundo donde seguramente convivían artistas que podían hacer tallas como mi muñeca y pescadores y en donde las mujeres tenían maridos y los maridos tenían hijos y los hijos tenían vida…
Pasaron los días y nuevamente el mar se enfureció. Pero esta vez, en medio del tradicional corre-corre me pareció ver al baboso Argimiro en casa. Y eso era extraño. Muy extraño porque por lo general él aparecía después de una tormenta, nunca antes o durante…
Salí del ático para verificar bien el asunto. Adela (como siempre), cerraba puertas y
ventanas pero esta vez estaba más afanosa que de costumbre. Jacinta (como siempre),
atizaba el fogón para verter toneladas de azúcar en un caldero y hacer melcochas. Pero estaba más seria que nunca. Hasta brava diría yo ¿Sería posible? ¿La dulce tía Jacinta enfadada? Jimena (como siempre), de un lado a otro con su cigarrillo en la boca colocado al revés. Nunca entendí cómo no se quemaba la lengua. Y así mismo era capaz de proferir sus maldiciones.
Mamá (como siempre), rezaba y rezaba sus letanías que tenían eco
por toda la casa. Pero parecía más vehemente que nunca en eso del perdón de los pecados…
Entonces fue cuando dejó de ocurrir lo de siempre y pude ver a la tía Adela entrar a su habitación acompañada del baboso Argimiro. Por curioso me llevé un disgusto. Descubrí que la recta tía y el baboso Argimiro no eran más que perros en celo. ¡Qué vergüenza! Y luego tenían el descaro de pretender ser los artífices de mi educación.
Mi alma se partió en dos mitades perfectamente iguales.
¡Y tuve por años que soportar calladito los encajitos en los puños de la camisa y el cuello que me imponía Adela para ir a misa!
A veces, la odiosa Jimena cuando se enfadaba conmigo me decía “Aguirre, coja camino y lárguese”. Por eso ella fue a la primera que mande al diablo anunciando mi partida.
Tras de patearle el trasero al baboso Argimiro, decirle a Adela lo que se merecía, tomar algunos dulces de la aburridísima Jacinta y despedirme del atado de arrugas que era mi madre, me preparé para el viaje.
Desde Los Robles sólo podía llegar a Macarao pero para comenzar estaba bien. Ese sería mi destino.
Me embarqué rumbo a puerto dejando atrás el caserío de Los Robles. Afortunadamente para mí, despedirme fue rápido y fácil pues pocas personas vivían en él…
Con la muñeca de cristal en las manos, cruce el mar.
¡Cuántas expectativas!
¡Finalmente conocería personas capaces de hacer tallas como mi muñeca! ¿Podría hablar de todo lo que aprendí en mis libros. Y podría aprender aún más?
Llegamos a un destartalado muelle burbujeante de voces y movimientos. Me pareció folklórico… Nunca había escuchado tantos sonidos juntos.
Decenas de cuerpos multiformes iban y venían. Los había altos y bajos, gordos y flacos. Todos llevaban prisa.
Hasta ese día yo ignoraba que además de pescado y verduras, se podía vender en un mismo lugar telas, estampitas, zapatos, velas, sellos, tinta, cabuya, kerosén y agua ardiente ¡Qué impresionante!
Toda esa gama de experiencias nuevas se mostraban ante mí en su total esplendor.
Tal era la fantasía de este nuevo presente, que durante algún tiempo me olvidé totalmente de Los Robles.
Pero pronto pasé del asombro a la miseria ¡Cuánta gente y yo tan solo! Y lo peor era ver al baboso Argimiro en el rostro de cien personas.
Y decenas de Adelas pululaban como moscas hambrientas alrededor de una iglesia que olía a mercado.
Bertas y Jimenas también se cruzaban en mi camino por doquier, pero éstas no dejaban ni guisos, ni dulces, sólo abandono y enfermedades…
Los Robles olía a sal y a mar. Macarao olía a miseria humana, a sudor, a desgracia.
Si doloroso era el mundo que había dejado atrás, mucho más punzante e hiriente era este nuevo existir.
La soledad más brutal se estaba comiendo mis entrañas.
¿Con qué consolarme aquí, si los cangrejos parecen arañas salvajes y las gaviotas aves de rapiña disputándose un trozo de pescado descompuesto?
No había caracoles, ni conchas, ni papagayos, ni arena blanca, sólo enmohecidas tablas de leño flotando en aguas verdes…
Nunca conocí alguien que supiera sobre tallas de muñecas de cristal y –francamente- ya no me importaba. El vidrio dejó de atraerme. Se había opacado y enmohecido. Tenía unas horribles manchas marrones.
No sé cómo ni por qué pero comencé a recordar todo lo que había perdido: Una dulce madre que podía besar con autentico cariño al tiempo que me decía “mi niño”. Con cosquillas en la barriga pensaba en la recia y elegante Adela. Pobre… envejeció cuidándome y educándome.
El padre Argimiro se hizo cura a juro. Su familia insistió ¡Pero estaba tan enamorado de mi guapa tía Adela! ¿Y qué podía hacer la pobre si su amor era sacerdote y además debía cuidar de mí?
Jimena protestaba y protestaba, pero de allí sacaba fuerzas para blanquear la ropa, cocinar y limpiar… La tía Jacinta se me figura que también a su modo amaba al pobre Argimiro. Por eso le daban celos cuando los sabía juntos ¡Había finalmente comprendido que nunca entendí nada!
Mis hermanas se ocuparon siempre de vestirme con ropa hecha a la medida ¡Si vieran lo que llevo hoy puesto!
¡Cómo anhelo los dulces de doña Berta que ya no se me hacían excrementos de gaviota porque esos excrementos ya los conocí muy bien!...
¡Cómo añoro el palabrerío de Jimena! ¡Ella sí que sabía hacerme reír!
¿Y por qué no volver? ¿Por qué no saborear de nuevo los guisos de Jimena sabrosamente sazonados con leyendas?
¿Por qué no revisar de nuevo en el ático en busca de las antiguas e interesantes fotos de papá?
¿Por qué no pedirle la bendición al pobre padre Argimiro, mientras me disculpo por aquella golpiza que le diera antes de partir a Macarao? ¿Por qué no ver de nuevo el mar en su grandeza desde el ático?
¿Por qué no volver a recoger arena con el borde de mis pantalones?... Y contemplar aves marinas bañar de sombras mi cuerpo bajo el sol… Y escuchar los rezos de mamá y jugar a descifrar los misterios de Jimena…
En Macarao no viví, subsistí. Vagué por años entre mujerzuelas y alcohol. Sentí en mi propia sangre el significado de la pena. Aquí fui tan etéreo como el viento y tan efímero como un grano de sal.
Nadie cosió jamás mis botones ni me planchó una camisa. Nadie guisó para mí… Nadie me dio la bendición. Pero allá en Los Robles sería distinto…
Es probable que en Los Robles hasta mí muñeca de Cristal vuelva a brillar pues seguramente la hacendosa Jimena sabrá cómo quitarle las manchas…
Heme aquí haciendo de nuevo una maleta. Pero esta vez sin dulces ni ropa de encaje.
Y un viaje por mar terriblemente solitario. Una travesía interminable ¿Qué más da? Me espera una familia, un hogar, mi gente ¡Vale la pena el esfuerzo!
¿Dónde se van los pensamientos cuando ya no están en nuestras mentes? ¿Dónde se van los recuerdos cuando ya no están en nuestro camino?... Llegué a Los Robles y me encuentro con que ya no hay casa. Quedó reducida a ventanas colgando de esquinas y muros de piedras desmoronados. Y donde una vez hubo iglesia ahora, triste y rota, una cruz en el piso ¿Y la plaza? ¡Matorrales! ¿Y el caserío? ¡Ruinas! … Un mendigo me pide comida ¿No me reconoce? ¡Cómo puedo pretender me reconozca si yo mismo no
me reconozco!
¿Dónde se fueron todos? … Ah claro, olvidé que han pasado 30 años…
Fui el último en nacer. Y al parecer ahora seré el último de nuevo. ¡Qué final tan triste, mucho más triste que mi vida en Macarao! Un final sencillo y tonto.
Esto me pasó por andar corriendo tras futuros y mañanas que siempre estuvieron en mi ayer.
¿Qué me queda? Una talla de vidrio vieja, fea y opaca ¡Qué el mar se ocupe de ella!
¡Tengo tantos recuerdos que la muñeca poco me importa! Adela era recia, alta y hermosa. Jacinta era pequeña, tierna y hacendosa. Jimena era habladora y muy trabajadora. Mamá era una santa ancianita dulce y muy católica. El padre Argimiro tenía el don de comprender las pasiones humanas…
Los Robles era mi hogar. La iglesia, la playa, la plaza, el caserío eran mi hogar.
El mar ruge furioso. Creo que habrá marejada. Pero no hay leños que aseguren las
puertas y ventanas. ¿De qué te sirve océano enfurecerte si nada puedes llevarte? Las piedras quizás… ¿Podrías también llevarte mi alma?
Cometí el irreverente error de buscar futuros donde sólo había vacío y me olvidé de los recuerdos que el presente forjaba. Ahora no tengo ni uno ni otro.
Una enorme ola rompe la muñeca contra las piedras ¡Qué frágil es la vida! Como la talla, sólo vidrios.
Vuelve de nuevo la ola a arremeter, pero se va arrepentida. Ella entiende que no hay nada más que romper.
¡Qué linda era mi vida en Los Robles!
Ruge el mar…
Aida Beccaria
Aida Beccaria
Palabras
En las mañanas al levantarme tomo un café y me baño. Es un ritual ineludible desde que cambié las trenzas por el lápiz labial. Luego me visto con la ropa seleccionada el día anterior (ese truquito es para dormir 10 minutos más). Mientras coloco las llaves en la cartera, que precariamente sostengo sobre las rodillas, y ya con un pié fuera de la casa, doy las últimas instrucciones domésticas: “Descongelen el pollo” “No olviden la comida de la perra” “El plomero está aquí a las tres” … Al llegar donde vaya, comienzo a repartir los “buenos días” cosa que hago porque Carreño se lo enseñó a mamá y mamá me lo enseñó a mí…
Es probable que entre tanto tome otro café (depende de dónde esté) y comente los acontecimientos importantes según la prensa (dependerá de la gente y del ánimo). Acto seguido, decente y derechita, procederé a mostrarle al mundo lo hacendosa y trabajadora que soy.
Y todo para volver mañana a cumplir con un impecable día a día que sin duda satisfacerá a mucha gente... Pero hoy al comenzar la mañana, algo detonó dentro de mi. Estaba preguntándome si las orquideas que llevan años conmigo y que he cuidado prolijamente, florecerán. Y al preguntarme si florecerán este año las orquideas, si la humedad es la correcta, si las aboné adecuadamente, recordé como en una explosión las palabras de un viejo profesor de biología.
Ese profesor hace muchos, muchos años atrás (palabras más o palabras menos) dijo: “Vivir no siempre es existir” Y agregaba: “Preocuparse de los hijos, el trabajo, la responsabilidad y los buenos modales está bien. Siempre que la vida no se reduzca a escalas y halagos. Pero para aquellos para quienes la vida es algo más que un reconocimiento, el sueño, las ilusiones, los imposibles y hasta la rebeldía deben necesariamente contar con un lugar” Todo eso entonces me parecía perorata de un viejo intelectual. Hoy me aterra haber comprendido finalmente al viejo profesor. Y me aterra porque han trascurrido más de treinta años desde entonces… ¿Dónde quedó la niña que corría por correr? ¿La que soñaba? ¿La que se amaba a si misma?.. Esa niña se escapó por algún resquicio de la vida.
Qué tristeza!...Me basta con mirar a mi alrededor para comprender que he sido una víctima del querer hacer siempre lo justo y lo correcto. Me dejé avasallar por una vida recta tal vez sin existencia… ¡Cómo duele comprender hoy lo que quiso decir ayer aquel viejo profesor!.
Es triste mirarse las manos curtidas por el tiempo y ver en ellas solo fotos y recuerdos. ¿Cuántas veces cada uno de nosotros en su momento, silenció un “te quiero” porque no era el momento? ¿Cuántos nos doblegamos una y otra vez frente a una injusticia, defendiendo un salario? ¿Cuántos nos hemos rendido ante a una batalla jamás presentada? ¿Cuántos hemos dejado a un lado la espontaneidad porque no congenia con la personalidad que el cargo y la responsabilidad imponen?... Es doloroso comprenderlo todo cuando quizás ya es tarde. No me queda más que justificar mi olvido con estas líneas y pedirle perdón a la jovencita que abandoné sin miramientos en el laberinto del pasado. Pedirle perdón porque nunca quise reconocerla cuando defendía las causas perdidas. Cuando adoraba a Whitman. Cuando escuchaba absorta al portero del colegio contando su larga vida y desdeñaba al recto profesor que deseaba imponer un dogma. Cuando valoraba la tierra húmeda, la grama, la puesta de sol y despreciaba un reloj de Cartier...
Definitivamente con estas líneas me pido perdón a mi misma y le doy el último golpe a la impotencia: ¿Florecerán este año las orquídeas? ... Aida Beccaria
lunes, 15 de noviembre de 2010
Lo que significa un hijo
Mi hija hace unas noches, acurrucada a mi lado me preguntó qué significaba tener un hijo. O más explícitamente qué se sentía y cómo cambiaba la vida cuando se tenía un hijo.
En ese momento respondí con un cliché: “No sabrás lo que significa tener un hijo hasta que lo tengas”
Pero pronto me di cuenta que eso no era totalmente cierto.
Un hijo significa muchas cosas a lo largo de nuestras vidas. Muchas cosas. Y los significados van cambiando de acuerdo al momento y las circunstancias. Sólo hay un punto en el que se produce lo que es supongo, la última trasformación de ese significado. Y allí es cuando realmente para conocerlo, hace falta tener un hijo...
Me explico mejor:
Cuando era muy joven un hijo para mi representaba sólo preguntas. Era un temor: “¿Seré buena madre?” “¿Podré quererlo aun cuando llore, grite o se comporte mal?” “¿Dolerá mucho tenerlo?”
Ya algo más adulta, para mi un hijo era algo bonito. Un trozo de carne que olía rico. Que despertaba tiernos instintos. Que podía vestir a satisfacción. Un juguete costoso con el que un día podría lucirme frente a otras madres.
Poco antes de casarme, un hijo era una filosofía. Una forma de vivir. Yo sabía qué educación le daría. Qué límites impodría. Cómo lo manejaria. Y hasta me permití varias veces aleccionar a otras madres desde mi punto de vista...
Ya casada, un hijo pasó a significar etapa. Si... Una etapa que debía ser cumplida. Pues la norma suponía que si fuimos novios, nos casamos, lo que sigue es tener un hijo. Y como el significado era ése, pues el hijo fue debidamente programado. Desde el momento de la ovulación, hasta el día de la fertilización. Y ese era el significado para entonces: Planificación...
Al planificarlo y no lograrlo de inmediato, un hijo pasó a significar angustia: “¿Será que no podré tenerlo?” Pero muy pronto el significado varió y se adecuó a las circnunstancias. Entonces un hijo significaba algo que podía o no podía ser: Es decirm dado que ninguna mujer deja de ser mujer si el ramaje profundo de su ser no florece, daba igual si llegaba o no llegaba. Con frutos o sin ellos, un árbol siempre siempre será un árbol...
Al quedar embarazada un hijo pasó a ser el gran enigma de la vida. Una emocionante incertidumbre: “¿Será hembra o varón?” “¿Estará todo bien?” “¿Nacerá completo y sin problemas?” “¿A quién se parecerá?” “¿Tendrá mis ojos?”
A medida que la barriga se exitiende, un hijo significa trabajo. Es un “nido” que hay que formar: “¿Qué nombre le pondré?” “¿Cómo decoraré su cuarto?” “¿Será prudente que duerma conmigo unos meses o no?” “¿Cuántos pañales conviene comprar y de qué tamaño?” “¿Tendré la canastilla lista y a tiempo?” “¿A qué pediatra le confiaré mi hijo?” “¿Cómo sabré si estoy haciendo lo correcto?”...
El mismo día de su nacimiento un hijo significa dolor. Mucho dolor.: “Oh dios, qué viene ahora?” “¿Cuánto más dolerá?” “Cuánto durará esto?” “¿Podré llegar al final?”
Cuando ese trozo de carne cubierto de moco y sangre sale fuera y llora, un hijo pasa a significar vacío. Nos arrebataron algo que estaba dentro...
Cuando todo se calma, el vacío pasa a significar melancolía. Ya no habrá barriga que la gente quiera tocar. Ya nada se moverá en el interior causando asombros y sonrisas...
Finalmente, cuando el hijo es formalmente presentado. Y lo tomamos en brazos. Y lo acercamos al seno. Un hijo significa un milagro. Al verlo succionar la leche del pecho, nos sentimos dioses con poder de vida...
Al llevarnos el hijo a la casa y comenzar a vivir con él, adquiere entonces su significado definitivo.
El día que mi hija nació mi padre me dio la clave cuando me dijo que a partir de ese momento yo sabría realmente lo que es “un goce sublime y un dolor desgarrador “
Nada más cierto. Desde hace trece años mi hija significa un goce casi imposible de definir. Pero también un dolor lacerante que me acompaña siempre.
Porque un hijo duele cuando llora. Cuando se enferma. Cuando se equivoca. Cuando lo lastiman. Cuando no le corresponden. Duele cuando se golpea o se cae. Cuando las cosas no le salen bien. Cuando tiene fiebre. Cuando vomita. Cuando se enfada. Cuando no puede sonreir. Cuando no nos escucha.
Pero al mismo tiempo ¡Qué placer infinito e innenarrable pueden llegar a brindar!
Un goce cálido, sublime, único. Sólo con ver su carita sonriendo, el cuerpo se nos crispa de placer. Cuando podemos sentir sus manos. Cuando vemos en sus ojos inquietos el anhelo por un gesto de aprobación. Cuando cumplen una meta. Cuando llenos de satisfacción nos muestran un logro. Cuando juegan. Cuando vencen obstáculos. Cuando aprenden. Cuando crecen...
Desde el día que llevé mi hija a casa , ella no ha dejado de ser para mi el goce más infinito y el más profundo de los dolores.
Y así será por siempre. Mientras mis ojos puedan ver y mi piel sentir no dejaré de sufrir con ella y jamás podré no llenarme de regocijo a su lado.
El significado de un hijo cambia. Y sólo se estaciona cuando ya está en nuestras vidas.
Una cosa si afirmo: Nunca cambiaria ni un minuto de mi dolor a su lado. Eso me hace sentir viva. Y con cada lágrima espero anhelante el momento glorioso del goce que va a brindarme. A su lado las penas duermen en mi alma y las alegrias crecen en mis vísceras. Eso significa para mi un hijo ahora: Los extremos de la existencia, principio y fin de la vida misma. ...
Aida Beccaria
En ese momento respondí con un cliché: “No sabrás lo que significa tener un hijo hasta que lo tengas”
Pero pronto me di cuenta que eso no era totalmente cierto.
Un hijo significa muchas cosas a lo largo de nuestras vidas. Muchas cosas. Y los significados van cambiando de acuerdo al momento y las circunstancias. Sólo hay un punto en el que se produce lo que es supongo, la última trasformación de ese significado. Y allí es cuando realmente para conocerlo, hace falta tener un hijo...
Me explico mejor:
Cuando era muy joven un hijo para mi representaba sólo preguntas. Era un temor: “¿Seré buena madre?” “¿Podré quererlo aun cuando llore, grite o se comporte mal?” “¿Dolerá mucho tenerlo?”
Ya algo más adulta, para mi un hijo era algo bonito. Un trozo de carne que olía rico. Que despertaba tiernos instintos. Que podía vestir a satisfacción. Un juguete costoso con el que un día podría lucirme frente a otras madres.
Poco antes de casarme, un hijo era una filosofía. Una forma de vivir. Yo sabía qué educación le daría. Qué límites impodría. Cómo lo manejaria. Y hasta me permití varias veces aleccionar a otras madres desde mi punto de vista...
Ya casada, un hijo pasó a significar etapa. Si... Una etapa que debía ser cumplida. Pues la norma suponía que si fuimos novios, nos casamos, lo que sigue es tener un hijo. Y como el significado era ése, pues el hijo fue debidamente programado. Desde el momento de la ovulación, hasta el día de la fertilización. Y ese era el significado para entonces: Planificación...
Al planificarlo y no lograrlo de inmediato, un hijo pasó a significar angustia: “¿Será que no podré tenerlo?” Pero muy pronto el significado varió y se adecuó a las circnunstancias. Entonces un hijo significaba algo que podía o no podía ser: Es decirm dado que ninguna mujer deja de ser mujer si el ramaje profundo de su ser no florece, daba igual si llegaba o no llegaba. Con frutos o sin ellos, un árbol siempre siempre será un árbol...
Al quedar embarazada un hijo pasó a ser el gran enigma de la vida. Una emocionante incertidumbre: “¿Será hembra o varón?” “¿Estará todo bien?” “¿Nacerá completo y sin problemas?” “¿A quién se parecerá?” “¿Tendrá mis ojos?”
A medida que la barriga se exitiende, un hijo significa trabajo. Es un “nido” que hay que formar: “¿Qué nombre le pondré?” “¿Cómo decoraré su cuarto?” “¿Será prudente que duerma conmigo unos meses o no?” “¿Cuántos pañales conviene comprar y de qué tamaño?” “¿Tendré la canastilla lista y a tiempo?” “¿A qué pediatra le confiaré mi hijo?” “¿Cómo sabré si estoy haciendo lo correcto?”...
El mismo día de su nacimiento un hijo significa dolor. Mucho dolor.: “Oh dios, qué viene ahora?” “¿Cuánto más dolerá?” “Cuánto durará esto?” “¿Podré llegar al final?”
Cuando ese trozo de carne cubierto de moco y sangre sale fuera y llora, un hijo pasa a significar vacío. Nos arrebataron algo que estaba dentro...
Cuando todo se calma, el vacío pasa a significar melancolía. Ya no habrá barriga que la gente quiera tocar. Ya nada se moverá en el interior causando asombros y sonrisas...
Finalmente, cuando el hijo es formalmente presentado. Y lo tomamos en brazos. Y lo acercamos al seno. Un hijo significa un milagro. Al verlo succionar la leche del pecho, nos sentimos dioses con poder de vida...
Al llevarnos el hijo a la casa y comenzar a vivir con él, adquiere entonces su significado definitivo.
El día que mi hija nació mi padre me dio la clave cuando me dijo que a partir de ese momento yo sabría realmente lo que es “un goce sublime y un dolor desgarrador “
Nada más cierto. Desde hace trece años mi hija significa un goce casi imposible de definir. Pero también un dolor lacerante que me acompaña siempre.
Porque un hijo duele cuando llora. Cuando se enferma. Cuando se equivoca. Cuando lo lastiman. Cuando no le corresponden. Duele cuando se golpea o se cae. Cuando las cosas no le salen bien. Cuando tiene fiebre. Cuando vomita. Cuando se enfada. Cuando no puede sonreir. Cuando no nos escucha.
Pero al mismo tiempo ¡Qué placer infinito e innenarrable pueden llegar a brindar!
Un goce cálido, sublime, único. Sólo con ver su carita sonriendo, el cuerpo se nos crispa de placer. Cuando podemos sentir sus manos. Cuando vemos en sus ojos inquietos el anhelo por un gesto de aprobación. Cuando cumplen una meta. Cuando llenos de satisfacción nos muestran un logro. Cuando juegan. Cuando vencen obstáculos. Cuando aprenden. Cuando crecen...
Desde el día que llevé mi hija a casa , ella no ha dejado de ser para mi el goce más infinito y el más profundo de los dolores.
Y así será por siempre. Mientras mis ojos puedan ver y mi piel sentir no dejaré de sufrir con ella y jamás podré no llenarme de regocijo a su lado.
El significado de un hijo cambia. Y sólo se estaciona cuando ya está en nuestras vidas.
Una cosa si afirmo: Nunca cambiaria ni un minuto de mi dolor a su lado. Eso me hace sentir viva. Y con cada lágrima espero anhelante el momento glorioso del goce que va a brindarme. A su lado las penas duermen en mi alma y las alegrias crecen en mis vísceras. Eso significa para mi un hijo ahora: Los extremos de la existencia, principio y fin de la vida misma. ...
Aida Beccaria
miércoles, 28 de julio de 2010
sábado, 19 de junio de 2010
A los padres en su día
A los que están y los que se han ido.
A los que se levantan de madrugada a espantar los malos sueños de sus pequeños y no tan pequeños...
A los que cómplices dejan a sus hijos "subirse un rato" a la cama para conjurar los miedos.
A los que luchan día a día para darle sus hijos lo mejor a su alcalnce
A los que acariciaron la barriga de su mujer y le hablaron. ... Ver más
A los que la acompañaron a hacerse los ecos.
A los que no encontraban cómo expresar su júbilo cuando sus hijos nacieron.
A los que en cada reunión o evento relatan orgullosos los grandes logros de sus hijos.
A los que son capaces de entender que un hijo está por encima de cualquier relación o circunstancia.
A los que asistieron a todos los actos colegiales de sus pequeños, sientiendo que presenciaban una puesta en escena en La Scala de Milán...
A los que llevan al cine a sus hijos y disfrutan esa película olvidando la propia edad e integrándose a la edad de sus pequeños.
A los que exigen respeto a sus hijos e imponen normas para forjar su caracter y hacerlos hombres de bien.
A los que se preocupan en dar el buen ejemplo, particularmente sobre aquello que predican.
A los que se quedan despiertos hasta escuchar que todos los hijos están en casa sanos y salvos.
A los que se levantaron de madrugada cuantas veces fue necesario para un tratamiento o un consuelo.
A los que responden las preguntas e inquietudes de sus hijos.
A los que abren sus brazos como soles para recibir a sus crios en un cálido abrazo.
A los que saberse abuelos los emociona tanto como cuando se supieron padres.
A los que ponen el hombro para recostar la cabeza del hijo.
A los que juran que "mientras vivas bajo este techo nada te faltará".
A los que no dejan de ser padres porque los hijos hayan crecido.
A los que enseñan a sus hijos el valor de un padre, honrando y respetando al propio.
Al que cura con devoción el alma herida de un hijo sin pedir nada a cambio y sin un "te lo dije"
Al que lleva la fotografia es su billetera
Al que al lado de la madre pone el pecho a cualquier viscitud y pródiga el mismo amor al sano o al enfermo.
Al que no pone condiciones para amar a sus hijos
Al que pasó la vida entera echando emocionado cuentos a sus hijos sobre la infancia de ellos.
A los que apoyaron sueños
A los que acompañaron en la vida
A los que están vivamente presentes en la mente y en el alma de los hijos aun no estando ya entre ellos
A los que soportaron malas caras y malos ratos con un suspiro paternal...
A todos ellos, en especial a mi padre que fue esto y más
Feliz día del padre.
Aida Beccaria
A los que se levantan de madrugada a espantar los malos sueños de sus pequeños y no tan pequeños...
A los que cómplices dejan a sus hijos "subirse un rato" a la cama para conjurar los miedos.
A los que luchan día a día para darle sus hijos lo mejor a su alcalnce
A los que acariciaron la barriga de su mujer y le hablaron. ... Ver más
A los que la acompañaron a hacerse los ecos.
A los que no encontraban cómo expresar su júbilo cuando sus hijos nacieron.
A los que en cada reunión o evento relatan orgullosos los grandes logros de sus hijos.
A los que son capaces de entender que un hijo está por encima de cualquier relación o circunstancia.
A los que asistieron a todos los actos colegiales de sus pequeños, sientiendo que presenciaban una puesta en escena en La Scala de Milán...
A los que llevan al cine a sus hijos y disfrutan esa película olvidando la propia edad e integrándose a la edad de sus pequeños.
A los que exigen respeto a sus hijos e imponen normas para forjar su caracter y hacerlos hombres de bien.
A los que se preocupan en dar el buen ejemplo, particularmente sobre aquello que predican.
A los que se quedan despiertos hasta escuchar que todos los hijos están en casa sanos y salvos.
A los que se levantaron de madrugada cuantas veces fue necesario para un tratamiento o un consuelo.
A los que responden las preguntas e inquietudes de sus hijos.
A los que abren sus brazos como soles para recibir a sus crios en un cálido abrazo.
A los que saberse abuelos los emociona tanto como cuando se supieron padres.
A los que ponen el hombro para recostar la cabeza del hijo.
A los que juran que "mientras vivas bajo este techo nada te faltará".
A los que no dejan de ser padres porque los hijos hayan crecido.
A los que enseñan a sus hijos el valor de un padre, honrando y respetando al propio.
Al que cura con devoción el alma herida de un hijo sin pedir nada a cambio y sin un "te lo dije"
Al que lleva la fotografia es su billetera
Al que al lado de la madre pone el pecho a cualquier viscitud y pródiga el mismo amor al sano o al enfermo.
Al que no pone condiciones para amar a sus hijos
Al que pasó la vida entera echando emocionado cuentos a sus hijos sobre la infancia de ellos.
A los que apoyaron sueños
A los que acompañaron en la vida
A los que están vivamente presentes en la mente y en el alma de los hijos aun no estando ya entre ellos
A los que soportaron malas caras y malos ratos con un suspiro paternal...
A todos ellos, en especial a mi padre que fue esto y más
Feliz día del padre.
Aida Beccaria
jueves, 22 de abril de 2010
La Metamorfosis
Cuando él se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró convertido en un ser monstruoso. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado. Sus piernas, ridículamente peludas en comparación con el resto de su tamaño, le temblaban ante sus ojos.
"¿Qué me ha ocurrido?" -pensó-
El insecto se estaba convirtiéndo en un espantoso hombre!
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