Una obra completamente desapasionante que usted y cualquiera puede dejar de leer...

domingo, 25 de agosto de 2013

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Deseo expresarle a quienes ya lo han leído, que me gustaría muchísimo conocer su opinión pues quien escribe lo hace para ser leído. El que diga lo contrario, miente.

Aida Beccaria

jueves, 14 de junio de 2012

Empeñados en buscar lo que ya está perdido corremos a menudo el riesgo de perder lo que siempre estuvo a nuestro lado...
                                                                                                                                             Aida Beccaría

lunes, 9 de enero de 2012


La Tía que se fue para llegar

Explicación necesaria: Este cuento se desarrolla en una vieja casona colonial de principios de siglo.  Aunque quizás no exista tal casa. Allí hay   testigos  de una historia narrada por la protagonista, pero esta historia se mezcla con lo real y los sueños. La protagonista - narradora esconde miedos y recuerdos en un mundo de irrealidades que su familia ayudó a construir.
El cuento tiene dos posibilidades: todo es un invento de protagonista o la mente de ella enfermó a consecuencia del mundo de horrores que vivió. La clave está en los “cuentos de mamá”. En la tía que llegó para alejarse y en el siguiente ejercicio: leer la historia una primera vez y leerla de nuevo por segunda  vez, pero de atrás hacia delante (la última página como la primera y así sucesivamente).  Existen varias realidades y el lector puede elegir la suya…
LA TIA QUE SE FUE PARA LLEGAR
Era un gigante descomunal. La tiranía de un pensamiento. Un ser duro, frío, impenetrable. Un roble altivo y ancestral. ¡Así era la tía a quien por fin conocía!
Durante años de pasado quieto e inmóvil escuché hablar sobre ella. Pero yo temía que se tratase de cuentos. Los cuentos de mamá. Cuentos que solía contarme cuando yo aún era capaz de escuchar.
Hoy la vi. Debía medir algo más de un siglo y algunas décadas.  Sus  ojos eran enormes y muy redondos.  Tan redondos como la esfera del reloj que cuelga en la habitación de papá. Su nariz era altiva y respingona.  Se me figuraba un soldado en posición de firme.  Sus labios eran delgados y rígidos. Muy parecidos a dos láminas de acero. Vestía como una dama de retrato amarillo.  La mujer que se fue para un día volver…
Una falda recta cubría muslos que una vez despertaron pasiones.  Una chaqueta confeccionada con recuerdos,  descendía  sobre la falda. Todo su traje era de color gris  (el mismo gris con el que la tierra pinta el cielo en los días de lluvia).En su mano derecha empuñaba un bastón.  Su mango era de oro. Y en su cabeza se erguía un moño similar a un pico nevado.
Su presencia acabó por convencerme que no eran cuentos los cuentos de mamá.
La tía era –definitivamente- la hermana de un anhelo.
Y siempre vivió lejos. Muy lejos, tan lejos como sólo puede estar el goce.
Vivió lejos, muy lejos, tan lejos como sólo puede estar la felicidad.
Pero hoy está aquí.  Cerca. Tan cerca como siempre ha estado el dolor.
Me contaba mamá que papá tenía el mismo poder que la ancestral tía Aurora. Y que mi padre le profesaba una extraña reverencia. Una reverencia profunda y serena.
Eso parecía imposible. Papá era un hombre indomable.  Su voluntad se imponía sobre el mundo entero.  Era dominante y prepotente. Pero aseguraba mamá que frente a la tía él se doblegaba como espiga al viento. Todo era difícil de creer  ¿Estaría exagerando mamá? Los relatos sobre la tía eran una mezcla de ayer y de hoy. Papá era un niño de apenas diez años cuándo quedó huérfano. Pero la tía tenía para entonces veintidós eras de experiencias… Había entre ambos doce años.  Yo diría doce mundos encontrados…
Corrían los años de 1943.  Firmado el armisticio,  Italia consiguió que los aliados actuaran como cobeligerante y una comisión aliada (de la que formaba parte la sangre de mi padre),  se encargó de organizar la economía italiana al servicio de las potencias en guerra. 
Una guerra que el gran dragón que escupe sangre judía se encargó de propiciar…
Las mentiras se cruzaron. En un extraño accidente desaparecieron en la bruma del olvido personajes que nunca conocí y de los que sólo escuché hablar a través de los cuentos de mamá.
En enero de 1944, los aliados hicieron un desembarco al sur de Roma con la intención de rodear el frente alemán. La tía Aurora fue perseguida. Extrañamente logró huir.  Cuando finalmente los americanos entraron en  Roma se encontraron con que la tía era intocable  pues pertenecía a la corte del rey Humberto.
Mamá decía que su cuento no era cuento… era historia. Mamá olía a café.  Y su sabor era amargo y su presencia efímera. Mamá me dijo  que el día 02 de agosto de 1945 (tres meses después de la capitulación de Berlín), la tía se hundió en el misterio.
En realidad no era misterio.  Sencillamente la tía se había coronado con oro poderoso hecho con papel.  Y su nombre dolía mucho y por eso era oculto.
Mamá contaba que la tía Aurora envuelta en su capa de silencio fue adquiriendo poder.  El poder de las cortesanas.  El poder sabio que nunca muestra la cara.  El poder que descompone el acero y endurece la brizna de paja. 
Mi padre –decía mamá- no tuvo más familia que la tía Aurora. Quizás nunca hubo madre.  Quizás nunca hubo pieles…
Mi padre era como una gran montaña negra.  Sólida.  Impenetrable. Aterradora.  Mamá en cambió era como una tarde de títeres.  Jovial. Pequeña. Predecible…  y ambos sólo tenían veintidós años cuando se conocieron.  Fue al azar.  En la calle.  En la plaza.  Tras un monumento.
 El noviazgo duró lo que tarda una semilla de amapola en germinar.  Y en esa rapidez  comienza mi madre a percibir olor a café y a presentir en su vida nuevas montañas, quizás no tan negras e impenetrables como papá…
Deciden huir porque una nueva generación poderosa sólo podía tener lugar lejos, muy lejos de Italia.  Así fue como estirpes de horas que vagan en el tiempo fueron condenadas a callar.  Había llegado a Venezuela el último de los Alberti… pero también el primero.
El silencio que siempre rodeó a la familia,  de nuevo fue el cómplice perfecto de esta huída.
El día dos de agosto de un año que los cuentos de mamá no recuerdan,  un barco atracó en un puerto de aguas venezolanas vomitando su carga de inmigrantes bañados en sueños. Y desde entonces nace la nueva generación de dulce de jalea, café colado y fango mustio.
Mis padres se trasladaron a la población de Pregoneros en un estado que huele a negro perfume. Allí transcurrieron treinta años que nunca se movieron en el tiempo.  Un pasado vivo rodeó la vida de los Alberti.
Tan solo por los labios de mi madre se descolgaba un puente.  El mismo puente que durante días y meses mantuvo unidos recuerdos y presentes.
Pero el vacío y el olvido fueron más fuertes que el frágil puente… mi madre pronto calló y la vergüenza fue apoderándose de nuestras vidas.
Pero hoy. Aquí. Un trozo de leño estalla. Todo cambia. Estaba yo ante el gigante.  Me bastó observarla durante unos segundos para comprender lo que siempre supe:
 ¡Había verdad en los cuentos de mamá!
Mi madre tuvo cinco hijos.  Ella parió cinco llantos interminables.
El primero -Roberto- se escapó de la casa cuando solo tenía quince años. Buscaba un lugar.  Nació una mañana de un día cualquiera cuando el sol tan parecido a una esfera dorada,  calentaba la cabellera verdi-azul tras la vieja casona.   Desde su partida, mi padre lo hundió  en la nada.  Roberto se volvió una historia más de mamá.  Y sus lágrimas sólo podían visitar sus recuerdos en medio de una amarga soledad…
El segundo hijo nacido un martes de lluvia,  durante la más profunda de las noches que se puedan recordar, fue Benito.  Benito resultó ser un androide perfectamente programado para el orden establecido en la familia Alberti.
Jamás sonreía, y de hacerlo, sólo apretaba los dientes y estiraba los labios que –más que labios- parecían dos láminas de hierro oxidado…
Clara fue la tercera.  Nació una mañana de un día domingo.  Era un domingo triste. 
Quiso ser la esposa de un Señor Todopoderoso que no era el señor Alberti…  y vestida con una sábana blanca, Clara se hundió en un convento.  Su presencia quedaba delatada cuando la casa olía a incienso, y cuando por los rincones sólo se escuchaban letanías…
La cuarta fue Eva y nació el mismo día que aleteaba una gallina que
había sido decapitada en la cocina para la parturienta.  Su vida transcurría por los rincones (como transcurre en los rincones la vida de las ratas).  Todo en ella es hueco.  Su voz es un eco lejano entre montañas.  Ella huele a mustio y a enmohecimiento.  Ella, día a día teje los hilos de su propia desgracia que fue también la desgracia de mamá.
Y cuando aparentemente el árbol ya no daría más frutos… 
Cuando ya no parecía posible nacimiento alguno, aparecí yo. Era viernes y una orquídea morada había florecido.  Así que, frente a una flor de luto interminable, me fue dado por nombre Soledad.
Durante mis primeros años, las mañanas se iniciaban con juegos en torno  a la mata de mango.  Seguían galletitas con dulce de jalea mientras escuchaba absorta los cuentos de mamá.  Una mañana su voz se silenció. No hubo juegos ni jalea.  No hubo historias ni cuentos…
Un destello plateado bañado con sangre postró mi vida para siempre en un lecho de tierra. Mi  padre –acostumbrado al servilismo incondicional – ordenó que la mustia Eva arrancara su propia piel y ocupara el puesto de mamá.
Carne con carne.  Era con era.  Maldiciones que sobreviven a cientos de noches cubiertas de estiércol.
La anarquía se impuso en la vieja casona.
Benito gobernaba por sucesión.
Todo era estático.  Fue entonces cuando una luz con el poder de la historia, entregó a mi alma un instante de esperanza ¡Recordar los cuentos de mamá!
Y siguieron tres sonidos secos en la puerta -La vieja Pancha, vieja como el pasado que reina en Pregonero -La vieja Pancha, vieja como las vigas que cuelgan en el techo  -La vieja Pancha, vieja como el guayabo del patio antiguo.  Pancha la hacendosa y analfabeta que sobó el vientre de mi madre en cada uno de sus partos.
La vieja Pancha abrió el portal y tras ella mis pasos.
Ahora estoy frente al gigante de los cuentos. Un bastón que golpea con fuerza. 

Una voz dura.  Una mirada de piedra.  Pancha llora…
Siempre hubo equipaje esperando  por mí.  Por eso yo no dije nada. Sólo tomé las pesadas valijas y conduje a la tía por la vieja casona.
¡Una entrada triunfal!
Tal fue el estremecimiento en los cimientos que los árboles aplaudieron y las sombras se agitaron.
Este fue un encuentro cuidadosamente preparado por treinta años  de destino.  La tía quedó clavada como un roble en el centro del salón.
Su aliento olía a irreverencia.  Observaba cada detalle.
La vieja casona la compró papá cuando su dueño había caído en desgracia  -todo el que se aproxima a mi padre cae en desgracia- Muchas cosas ignoro, pero puedo ver más allá de esta vida que hoy llevamos… aun cuando mis ojos parezcan muertos.
La vieja casona era larga y estrecha.  Tenía un corredor  ¡Cuántas veces en ese corredor
las eras se abrazaron hasta ahogarse!   En el corredor había seis puertas.  Puertas que conducen a seis cuartos que en realidad son seis tumbas de nuestro hogareño panteón…
Y al final del corredor un patio, un patio dueño de la mata de mango.  La misma que endulzó mi infancia.  La misma que amargó mi juventud.
En el patio, que no era más que un hueco en el centro de la vieja casona, dos puertas.  Una de ellas cerrada a la vida y otra abierta a la muerte.  En la primera vivió Roberto hasta cumplir quince años.  Después fue exilado al olvido.  Y en la segunda vivo yo  ¿Vivo?  En realidad sobrevivo desenterrando recuerdos.  O al menos lo intento…
Los mejores cuentos de mamá salían de su boca cuando preparaba jalea. 
 Yo buscaba los mangos en el patio.  Mamá cocinaba, mezclaba y contaba.  Sus conservas quedaban amarillas como retratos viejos, pero eran muy especiales, dulcitos… como dulce es el amor de una madre. La enorme y ancestral cocina (donde mamá guisaba y contaba),  estaba en el extremo opuesto del patio, atravesando el corredor. 
En esa cocina no hay tiempo.  Se detuvo,  y ese era el dominio de la vieja Pancha. –La vieja Pancha con sus grandes soles en ocaso colgando del pecho y su gran delantal que trata –inútilmente- de abrazar todo su cuerpo.
Pancha es parte del infierno donde se cuecen carne y recuerdos.  Con su gran abanico aviva las llamas de mentiras que están consumiendo a cada uno de los Alberti.
Detrás de la vieja casona se extiende un inmenso campo.  La vista es el horizonte.  En él, el rocío riega flores,  hojas y cuerpos cada mañana.  Su color es verdi-azul…
Yo le tenía lástima a la vieja casona porque estaba condenada a su propio encierro. 
¡Cuántas vidas fueron en ella!  Ahora yace en el olvido de un pasado que la cubre de nostalgia. 
Había dinero.  Mucho dinero.  No sé nada.  Pero puedo ver a través de mis ojos aparentemente muertos.  Y aún puedo sentir… y siento dolor en el dolor cuando mi hermana Eva se hunde en el interior de mi padre. Vivo  la oscuridad en el fondo de mi ceguera cuando Benito me dice “ve a jugar donde la mata de mango”  Me da frío en las vísceras cuando Clara la monja aparece con su sábana blanca murmurando credos y flotando sobre el suelo como espectro aterrorizante.
Mientras arrastraba el pesado equipaje pensaba en lo mucho que mi alma deseaba conversar.   Pensaba en cortar flores del campo y decorar con ellas el gran salón. 
Pensaba en correr alegre,  comer jalea y escuchar absorta los cuentos de mamá.  Pero era la hora de callar y la hora de arrastrar equipajes…Según algunos de los cuentos de mamá, los Alberti siempre transitaron la vida cargando pesados y engorrosos equipajes.  Hoy lo llevo yo.  Pero yo no voy a ningún lugar  ¿O sí?  Creo que voy a la tercera puerta del largo corredor…  allí me esperaran  recuerdos…
Pero Pancha vino por mí.  Ahora deberé tomar el tilo con olor a canela y anís y esperar el silencio.  La noche es eterna en la gran Casona.  Y fue una noche cuando la ruina que llamamos vida comenzó. Tras mi puerta nada se escucha,  particularmente cuando bebo el tilo de Pancha.  Pero tras la puerta de la tía (la tercera),  se escucha cómo pasa el tiempo.
Despierto y me veo de nuevo en el gran salón que da la bienvenida.
Ahí estaba la mustia Eva tejiendo una manta.  En realidad ella no hace más que tejer vergüenzas.
Pancha ofreció café colado que huele a Pregonero.
Vi entonces la botella que mamá guardaba para grandes ocasiones que nunca llegaron.  La tomé,  la limpié y la puse junto al café de Pancha. Todos me observaron atónitos.  Pancha movió la  cabeza de un lado a otro y se secó una lágrima. Eva hundió su rostro en el tejido con más frenesí  que nunca.  Y creí ver en Benito una sonrisa… pero no… fue una mueca… Benito siempre engalanado con el uniforme de la muerte, no sabe sonreír.
Eva parece la oveja muerta de un rebaño enfermo.
Clara es la imagen blanca de un fantasma solitario.
 Pancha reza y dice que nos hemos alejado del Señor ¿Cuál señor? ¿Benito? ¿Mi padre
acaso?… Quizás se refiera al buen señor que cada mañana traía melaza en su carreta de palo y paja cuando mamá hacía jalea.  O al señor que traía la leche.  Todos los señores desaparecieron al desaparecer los cuentos de mamá. Pancha se persigna y le pide a ese señor que yo no sé quién es,  aleje los demonios de mi alma… Ay  Pancha querida… no es en mi alma donde se alojan los malos espíritus… no es en mi alma…
He sido tachada.  En ráfagas de cruel verdad me doy cuenta que he sido deliberadamente tachada.  Y cuando intento reclamar, soy condenada al silencio con aroma a canela y anís.
Pancha insiste en rezar para que se me salga el daño ¿A qué daño te refieres Pancha? ¿Al que me hiciera mi padre?  ¿Al que se le hizo a mi madre? ¿Al que se le está haciendo a Eva?
Llueve.  Y siempre que llueve la vieja casona se estremece y es entonces cuando más fuerte se escuchan los rezos de Pancha y cuando yo comienzo a recitar estrofas de algunos cuentos de mamá…
La tía me observa mientras bebe el café que Pancha sirviera segundos atrás.  Sus ojos hablan aun cuando su voz permanece en silencio. Su rostro es pálido ¿No es pálida también la esperanza?
Tía cruza sus manos que tienen forma de alas.  Su cuerpo es una roca erguida de donde emanan  los olores de mi infancia.
Benito parado al lado de la tía se me figura como el molinillo que Pancha tiene para
moler los granos de café.
Eva, sentada justo a mi lado, parece una rata gris y escurridiza que intenta recuperar aliento luego de una larga carrera.
La tía sigue allí. Sentada frente a su humeante taza de café.  No deja de observarme.  Sonríe.  Orgullosa,  clava sus ojos en mi alma.  Yo río.  Y mientras la risa se desborda de mi pecho como un grito, Eva deja rodar una lágrima por su cara.  Esa lágrima,  más que líquido, parece una mancha de musgo…
De nuevo el brebaje dulzón.  La maldita brebanda que me obliga a guardar silencio…  Pero antes de tomarla me arrodillo frente a la tía y le digo lo que decir quise siempre: -Aquí las gallinas se levantan en la noche. Los guayabos dan limones.  Las fiestas son en
Semana Santa y las ceremonias en agosto.  Aquí nos ensuciamos con agua limpia y nos lavamos con estiércol  ¡Esto que ves es lo que somos!
La tía alzó las cejas.  Tomó mi barbilla entre sus manos tan parecidas a gavilanes blancos.  Miró a través de mis recuerdos y sonrió de nuevo…
Ahora creo entender quién es el señor del que habla Pancha.
La tía quiso saber cuál era la habitación de mi padre.  Por aquí  -dije- y la conduje de nuevo a través del largo y estrecho corredor.  Señalé la puerta y la dejé sola porque ya Pancha se había adelantado  a nosotras, obligándome  a beber el tilo… el sueño me toma por asalto … el maldito tilo…
Hay mañanas después de muchas brebandas en las que no logro ver nada.  Sólo soy capaz de escuchar la lluvia y seguir a Pancha por doquier.  Me siento bajo la mata de mango y me esfuerzo en recordar,  apretando las manos contra mi vientre… nada… no
puedo… apenas la voz lejana de mi madre pidiéndome unos mangos para hacer jalea.
 …La mata de mango era eterna.  Siempre llena.  Siempre viva.  De pronto no hallé mangos para la jalea. Y se me perdió la infancia.  Se extravió la alegría.  Busqué.  Busqué inútilmente en el patio.  En el corredor.  En el salón. En la cocina.  Nada hallé.  Nada excepto mi padre y un brebaje dulzón.
Hay instantes en los que un destello plateado cruza velozmente ante mis ojos.  Un destellado plateado con sudor de sangre.
Sólo una vez vi a mi padre llorar.  Pancha lo consolaba.  Pancha consolaba a Satanás.  La pobre vieja Pancha nunca supo.  La pobre vieja Pancha nunca vio.   La pobre vieja
Pancha sólo sabía de guisos,  caricias y brebandas con aroma a canela y anís.
Un silencio eterno en mi alma fue el único luto de mamá.
Estoy sentada bajo el enemigo de mi madre, quien pronto será el aliado de mi tía…
Cuando mamá murió Clara no hacía más que repetir “fue la voluntad del señor” Lo que Clara nunca adivinó es quién era en realidad el señor cuya voluntad se cumplía.
Benito le dijo a los policías  y al doctor cómo había sido la muerte  de mamá.  Todos preguntaban.  Miraban. Parecían enormes mariposas blancas y azules revoloteando sobre la desgracia.
Se habló de rejas y puertas con salientes afilados como espadas. Se hablo de accidentes y destinos.
Mientras esto ocurría, mi  padre ya tenía sus ojos puestos en la enmohecida Eva.
Pero ahora mi alma sonreía.  Los cuentos de mamá cobraban vida.
Cuando tía Aurora pidió explicaciones sobre la muerte de mamá, no lo hizo como los doctores y policías.  Ella le permitió claridad a las ideas. 
Ella le dio luz a los laberintos de mi mente. Definitivamente, ella era la fuerza.
Me encerré en mi habitación.  Es un cuarto frío, húmedo… sus paredes sudan agonía así como las flores lloran rocío.
Mi cárcel me fue impuesta por orden de Benito. No obstante, y a pesar de lo inhóspito que le resultaba a tía Aurora mi cuarto,  ella se encerraba conmigo.  Anteriormente sólo la pobre vieja Pancha arrastraba sus pies hasta este lugar gobernado por el vacío.
Perezoso,  un nuevo día se anuncia.  Mas los sapos no creen que un amanecer esté por comenzar y por eso le cantan a la noche…
Todos duermen  en la vieja casona.  Incluso la pobre negra Pancha que siempre se despierta al alba.
Sentí un profundo estremecimiento.  Fuertes vientos se agitaban en mi cabeza.  Las ramas de la mata de mango se golpeaban entre sí. Querían revelar el secreto enterrado en sus raíces.
Pero algo extraño sucede. Amanece.  La luz se mete en mis ojos y tía Aurora se pierde con el último grillo.
Comprendí entonces que este sería uno de esos días que a mí en lo personal no me gustan. Pues con toda seguridad hoy visitaremos a Clara en el convento y Pancha le dará gracias a Dios por mi cara lavada.  Será uno de esos días en los que Benito me mirará y me verá.  Uno de esos días en los que Eva se esconderá con más frenesí que nunca tras su tejido.
Y mi voz sonará para todos excepto para la tía Aurora.  Y dirá cosas que a todos agradarán pero que disgustarán a la tía…
 Avanzaba la mañana, Pancha servia el desayuno. Eva cubria mi espalda con una mantilla.  Benito daba órdenes y papá se acercaba para darme un repulsivo abrazo.
Tía Aurora se retiraba…
Ese día fuimos al convento tal y como lo temía.  Hicimos todo aquello que detesto: arrodillarme frente a frías estatuas de yeso.  Encender velas.  Oler el incienso que exudan las paredes de la capilla…
Cantaron.  Canté.
Oraron.  Oré.
Clara envuelta en su hábito blanco acariciaba mi rostro.  Me dejo.
Pancha me besa. Dice que soy la niña de ayer.  La escucho.
Benito enciende otra vela.  Lo observo.
Eva no para de recitar el rosario.  La compadezco.
Mis rodillas se han dormido.  Quiero erguirme. Hace años que intento erguirme. Pero me conformo con levantar el rostro y susurrar que es hora de irnos.
Y ese día al llegar a casa y para mi gran sorpresa, viene a mi encuentro la tía Aurora.  Me alegré tanto que en mi alborozo no me di cuenta que perturbé el infierno de los Alberti.  Aparece Pancha con su brebaje dulzón…
Mientras me llevan a mi habitación semidormida, en mi alma se va
dibujando una mata de mango.  Soñé con jaleas dulces y amarillas.  Soñé con caminos
negros que se desprenden de velas Salté de la cama.
La tía, sentada, inmóvil, me contemplaba.
Vi en su pecho un enorme broche semejante a un sol caliente de tres de la tarde.
La tia aferraba con más fuerza que nunca a su bastón.
Sentí voces. Voces que aullaban dolor desde lo más profundo de mis entrañas.
La tía se levanta y da la orden de detener tanto horror.
La sigo por el estrecho corredor. La sigo hasta la cocina donde Pancha guisa sus mentiras.  La sigo hasta la eterna noche de Eva.
La sigo mientras busca.  Y las voces ya no me dejan entender.
De pronto descubro el rostro de mi madre.  Su cara, su cuerpo y su voz se habían quedado aprisionados en el más espantoso de los instantes.  Ya lo recordé…
Tan agudo fue el grito de este descubrimiento que hizo detener a mi tía.
Cesó la búsqueda.
Por toda la vieja casona se esparce el fétido olor de un cadáver que lleva treinta años descomponiéndose.  La verdad fue vomitada.
Ya no puedo ver más que el rostro de mi tía.  Y observo cómo de su cabeza se desprenden enormes llamaradas.  Lenguas de fuego que hieren mis ojos.
Sus manos aparecen convertidas en espadas.
Sus pies se funden con los cimientos de la casa.
Entiendo que estamos frente a la puerta de mi padre.  Mi odio bastó para derribarla. Y entonces vi  lo que siempre había visto y comprendí  lo que siempre había comprendido.
Eva huyó chillando como lo hacen las ratas frente al peligro.
Y las espadas en las manos de mi tía atravesaron el cuello de mi padre.
Piedra sobre piedra la gran montaña se desmorona.
Una respiración agitada intenta salir de su boca. Y yo recuerdo…
 Un río de miedo color rojo llega hasta mis ropas.
¡Ahora podía ver con claridad en los recuerdos!
Nadie creyó en los cuentos de mamá ni en mis historias… 
Al morir mi padre,  el más impenetrable de los silencios se hace presente.
Ya no hay voces.  Las moscas dejan de hacer ruido…El pasado se une al presente.
La tía coloca en mis manos la espada que silenció una vez hace ya treinta años, la voz de mamá.  Y con ella entre mis dedos, sintiendo aún la furia de mis recuerdos, doy el último golpe sobre la cabeza de Benito.
Ahora si se escuchó un trueno. Todo Pregonero se estremeció
Mi madre aguardó pacientemente en su tumba la llegada de alguien que pusiera la verdad ante los ojos del pueblo.
Ahora los tres  se irán al recuerdo,  que a veces se deja ver, a veces no.
Siento la angustia de Pancha ahogada por años.  Es tan densa que puede cortarse como el cuello de Benito.
La tragedia suelta fantasmas.
Mil vidas condenadas manchan las paredes de culpa.
La pobre vieja Pancha-de rodillas- con las manos aferradas al vientre le grita a Dios todopoderoso. Le suplica piedad…
El gallo cantó.
Volviéndome sobre mis pies que ya no arrastran el peso de la mentira, fui hasta la mata de mango.  Allí estaba, enterrada, la espada que mató a mi madre.  De allí la tomó la tía.  Y allí ha de volver.
 El tiempo emprende de nuevo la marcha.  Hoy es mañana y pronto el mañana será ayer.
Eva sigue tejiendo.  Ahora es la culpa la que entrelaza con la vergüenza.  La pobre Eva enmoheció esperando su liberación.
La vieja Pancha no supo.  La pobre vieja jamás supo.
Levanté mis ojos. Y levanté también mi cabeza.
El cielo sonreía.
Allá,  en el convento donde Clara pierde su vida, yo jugaba y corría.  En el convento del Sagrado Corazón yo aprendía números, letras, risas y cuentos.  Allá, en el convento del Sagrado Corazón  mi madre vendía sus jaleas que eran las mejores de todo Pregonero. Hasta Táriba llegaba su fama de dulcera.
Yo era la encargada  de seleccionar los mangos.  Y yo era quien, a los pies de mamá, saboreaba las jaleas al tiempo que escuchaba sus cuentos.
Un maldito día no hubo mangos y sólo la muerte dio frutos. 
Pero llegó la tía…
Eva lanzó contra las manchas aun calientes de sangre, el tejido de toda su vida.  Estaba llena de odio.  Eso es bueno.  Está viva…
Tengo frío. Tengo sueño. No hay angustias. Estoy sola
Finalmente estoy sola sin voces ni recuerdos olvidados. Y siento en la carne.
En el alma. En la memoria…
Ahora sí quisiera tomar el brebaje dulzón que me anula.
Los cuentos de mamá serán historia.
La pobre vieja Pancha hará conservas como las que una vez  Pregonero admiró.
Eva existirá en la vieja casona.  Podrá decidir.  Dejará de vagar en la interminable noche de su pecado.
Clara tendrá mil razones para encender sus velas y –finalmente- su encierro tendrá motivo.
Creo ver unos mangos verdes en alguna de las ramas de la mata de mango…
Había un reloj en la vieja casona que nunca más funcionó.
Hoy reemprendió la marcha.
El reloj se detuvo el mismo día que Eva Braun desapareciera con su amado en el escombro de muerte. Pero una tumba tan pesada como toda Europa aplastó su sacrificio.
El reloj se detuvo el día que Clara Petacci lanzó su cuerpo sobre el de su amado pero mil balas cruzaron su escudo.
El reloj se detuvo cuando a un niño cualquiera le es presentada la muerte y el horror a cambio de la ilusión.
El reloj se detuvo cuando la mujer que me trajo al mundo,  trato de proteger con aliento de cálido suspiro al maligno que mi padre llevaba en su interior.
El reloj se detuvo cuando una noche, un destello plateado atravesó la voz de la mejor dulcera de Pregonero…
A partir de entonces, guerra y ocaso se conjugaron en una sola vida.
Y la verdad se mezcló con la mentira. Veo en mi mano izquierda cinco arcos de triunfo.
Veo en mi mano derecha el abismo de la soledad.
Pancha gime,  gime sobre el río carmesí  y púrpura de silencios olvidados.   Eva alza los ojos.  Se desmoronaban los siglos que sobre nuestro cuello pesaban.  
 La verdad duele.  Duele más allá del propio dolor.
Quisiera detener nuevamente el tiempo y refugiarme en mis sueños con aroma a canela y anís.  Y es que tanta claridad deja ciega el alma…
Un gigante.  Un gigante descomunal.  La tiranía de un pensamiento.
Un ser duro, poderoso, impenetrable.  Un roble altivo y ancestral…
Finalmente pude conocer a la Tía… Ella tuvo que irse para llegar…
Años de pasado inmóvil…  mamá solía contarme cuentos…  crecí anhelando que los cuentos de mamá llegaran a ser tan reales como ella.
Por el alba tras la vieja casona corren mañanas con aroma a negro perfume.
Luces azules y rojas invaden el mundo de la familia Alberti.
Pancha aprieta con sus manos curtidas el delantal que por años la protegió.  Pancha no entiende.  Pancha nunca entendió.  Pancha no entenderá.
Pancha nunca comprendió lo que le estaba pasando con  Eva.
Acabo de recordar un trozo de un poema que siempre recitaba mamá:
“Siento la perla que llora la rosa cuando el cielo derrama agua.  Le dicen Soledad…”
Hay dolor en mi cuerpo.  Soy llevada, arrastrada.  El gran portal de hierro se cierra tras mis pasos.  He sido tachada. 
Grandes luces rojas y azules revolotean por toda la fachada.  Mis manos han dejado de ser libres.  Y de ellas se caen abismos y esperanzas.
Eva está mirando fijamente al sol. Quedará ciega…
Fuimos cinco llantos.
Cada uno llevó un nombre elegido por papá.  Cada uno de nosotros excepto yo.
Cuando mamá murió, mi padre –acostumbrado al servilismo incondicional- ordenó que Eva arrancara su propia piel y ocupara el puesto de la señora Alberti.
Carne con carne.  Era con era.  Maldiciones sobreviviendo a cientos de noches cubiertas de estiércol.
La anarquía se impuso en la vieja casona.
Todo fue estático… hasta la llegada de la tía… ella fue desenterrada de un cuento de mamá.  Ella era real. Todo termina donde comienza: Pregonero. Café.  Esperanzas.  Dudas.  Recuerdos.  Culturas que se mezclan.  Historias que se entrelazan.
Dejo atrás la vieja casona.
Frente a mí,  colinas verdi-azul que parecen pintadas sobre un lienzo color crema.
Poco a poco el dolor desaparece. Una sonrisa a lo lejos,  en mi mente… es mi tía…
Hay bruma.  Los colores se hacen grises.
¡Era cierto!  Frente a una noche de luto interminable,  me fue dado por nombre Soledad…


Aida Beccaria


lunes, 19 de diciembre de 2011



Las cicatrices de un hogar...

Ayer fui de visita al lugar donde viví prácticamente toda mi vida.
La casa que mis padres compraron siendo yo muy niña y en la que pasé 40 años de mi existencia...

Cuando la vendí hace un tiempo, sufrí mucho al abandonarla. Revisé cada marca, cada línea de la pared "esto fue cuando cumpliste dos años -le dije a mi hija un día- tu papi y yo marcamos tu estatura aquí. Y esta otra es de cuando cumpliste cuatro años..."
La casa estaba llena de "marcas" como ésas.
Puertas, ventanas, pisos, paredes, muebles... todo contaba una historia.

Pero ahora el apartamento está impecable. Los muebles de la cocina con nueva chapilla de madera brillante, lustroso e inmaculado acero inoxidable y costoso mármol. En donde había ladrillitos decorativos llenos de rasguños de las patas de los perros y creyones lavados con la obras de arte de mi pequeña, ahora había piedra tallada.
Las paredes lijadas, pintadas. Todo impecable. Tan impecable que daba lástima pisar una alfombra o sentarse en los muebles…

Ah -pensé- esto no es un hogar, es un prospecto de una revista de decoraciones...

Un hogar para que sepa a hogar tiene que tener cicatrices.
Historias que contarles a los demás.
Por ejemplo, yo conservo en mi cocina un rodilllo de amasar que mi hermano pintó hace más de 30 años en la escuela para mi madre.
Y ese rodillo ha decorado las paredes de la cocina desde entonces y con él muchas tortas y galletas preparé yo a mi hija. Y cada vez que lo uso recuerdo el día en el que, orgulloso, un lindo niño lleno de pecas lo exhibia como un trofeo "para mamá".
El rodillo está lleno de marcas. Hay sitios en los que se le cayó un poco la pintura. Pero allí está. Hermoso, vistiendo mi cocina y ayudando a hacer más dulce la vida de mi hija...
Cuando mi hermano vino un día de visita a la casa se sorprendió al ver que aun existía y estaba en uso ese rodillo y procedió a contarle muy entusiasmado a sus hijas, ahora señoritas, que ese rodillo lo había pintado él en el colegio...

Mi casa, la de ahora, tiene marcas de la familia anterior y tiene las marcas que estamos dejando nosotros. Yo limpio mi casa, y la arreglo con infinito amor. Pero no enloquezco si se hace una raya en el pavimento o se le cae la pintura a la pata de un mueble. Al contrario, son esas cosas lo que hacen de una casa bien arreglada "un cálido hogar".

Mi hija de tan solo 12 años lloró mucho porque "habían destrozado su antigua casa" cuando técnicamente lo habían "embellecido”...
Y fueron precisamente esas lágrimas las que me inspiraron a escribir esto. Porque se que más de uno sufre cuando se rompe una porcelana o se mancha una olla esmaltada...
¡No nada de eso!
Hay que vivir cada marca. Esa es la inequívoca señal que allí existe una familia, que allí se forjan vidas.
Es como la arruga en la cara, la estría en la barriga. Ellas me dicen y le dicen a los demás que he vivido. No voy a enloquecer porque un día me vea en el espejo y a la ya existente arruga la acompañe otra. Probablemente seguiré poniéndome mis cremas y cuidándome del sol pero esa nueva arruguita será bienvenida, porque es mi vida la que está representando.

Me gustan los hogares con cicatrices. Me gustan cuando me cuentan cómo se cayó la pintura o se hizo esa raya en el marco de la puerta. Me gusta cuando una pared ha sido trabajada por quienes habitan la casa buscando hacer algo especial. Cuando eso ocurre me siento cómoda y pienso: “esto si es realmente shick…”
Lo impecable, lo intocable está en los folletos. A mi no me gustaría vivir en un prospecto, quiero recibir cada mañana en una casa que le diga a los demás quién soy y como he vivido. Es decir, en un hogar lleno de “cicatrices”…
Como cuando decoro el arbolito con mi hija y mi esposo y cada año al sacar de las cajas los viejos adornos todos tienen una historia que recordar: "Esto lo compramos en aquel viaje, esto lo hizo la niña, esto lo hice yo, esto nos lo regalaron unos amigos, esto fue aquel año..." y entonces el arbolito se convierte en un maravilloso libro de cuentos lleno de vida y emoción.

Nada más hermoso pues que "las cicatrices" de un hogar...

Espero que este nuevo año llene de "cicatrices" sus vidas y sus hogares ...
Aida Beccaria

viernes, 16 de diciembre de 2011

Jugar a la verdad




Ayer fue un día de revelaciones...
Hace unos diez años, en Caracas, mi hija, entonces de 5 añitos, tuvo su primer amor. Ese amor que juega a la franqueza sin miedo y sin complejos. Era un compañerito de clase que abiertamente le manifestaba a mi pequeña sus sentimientos. Cuando ese niño me veía llegar a buscarla, salía corriendo a mi encuentro. Y mostrándome el mejor carro que estuviera estacionado en la calle me decía: "Yo voy un día  a regalarle a ella un carro de ésos que  le gusta. Ella es una reina y se lo voy a dar" Yo sonreia y lo abrazaba y le decía: "Gracias por quererla así"
Como todo gran amor infantil, dio su fogonazo final el día que cambiamos a la nena de colegio. Y desde entonces, nada más se supo de aquel dulce galan de lentes y pecas...

Pasó la vida y ya mi "chiquitita" practicamente tiene 15 años. Está despertando al mundo de la "mujer"

Yo me he propuesto desde que la llevaba en la barriga, enseñarle a no ser banal. Poniendo empeño en lograr que las cosas superficiales no fuesen su prioridad. Y en esa lucha he buscado incluir algo tan elemental, que por elemental, la mayoria pasa por alto: Ser uno mismo, s
er uno mismo siempre y  bajo cualquier circunstancia, sin jugar a ser nadie más y sin sentir pena o bochorno de lo que se es.

Ahora el amor juvenil llegó. Un muchacho de 16 años se enamora de mi hija y mi hija en la mitad de una confusión lógica de su momento, siente que está enamorada también.
En mi posición de madre primero, no permito que a ese sentimiento ninguno de los dos lo llame "relación" porque como se le he explicado a mi hija, ninguno  está aun emocional y psicológicamente apto para tamaño reto. Pero al mismo tiempo he permitido al sentimiento florecer y a la ilusión le cedí su espacio.
La he dejado sentir sus "mariposas en el estómago" y con ella, de manera cómplice, me he alegrado de cada frase bonita, de cada guiño de ojo...
Como su infancia está por irse he insistido en que disfrute los últimos tiros sin pena ni verguenza y que abra sus alas de mariposa al sol poco a poco, para que pueda un día estar lista para el vuelo sin dañarlas o deteriorarlas.

Mi pequeña, para mi orgullo, ha entendido perfectamente que está en una transición. Pero ayer llorando me abrazó y me dijo que le dolía. Que dolía mucho este cambio. Que dejar de ser niña le producia una angustia en el pecho que casi le quita el aire. Y que ella entendia que no tenia edad para una relación pero que lo que sentia era tan fuerte que también le dolia. Siempre con chorros de lágrimas y abrazada a mi me dijo: "Mami, como en las películas él me tomó por la barbilla y me dio un besito y yo sentí que mi corazón se salía del pecho"
Me confesó que fue tal su rubor que el mismo joven sonrió y le dijo que él comprendia y que la esperaria. Mientras hablábamos, el joven le escribió a su celular un hermoso mensaje. Y mi hija de decía "voy a guardarlo siempre" ...
Esta confesión me llevó a recordarle a mi "chiquita" que la vida muchas veces la pondrá en el camino de elegir entre ser ella misma o mentir. Y que pase lo que pase yo le pedía no sucumbiera a la tentación de ser una más del montón. Una de las que se mira al espejo y sufre porque el pecho o la espalda no son lo que según la mayoria deberia ser. Una que dice y habla de forma pre determinada porque su grupo habla así. Una que deja de salir porque no tiene un traje nuevo ya que el vestidito que se pondria se lo han visto mil veces. Una que de pasos acelerados porque atrás de ella un tropel social la empuja haciéndole sentir que si no hace o dice tal o cual cosa, será poco más o menos que anormal.
Que jamás, jamás se deje gobernar por cosas como "yo lo hice" "a tu edad deberias" "la mayoria en tu lugar"
Y una cosa me llevó a otra: La hipocresia es terrible. Pero la peor hipocresia es la que muchos ejecutan contra si mismos.
Así que esas palabras que me dijo a mi. Esos sentimientos que con tanta sinceridad me expresó, ella debía expresarlos al muchacho objeto de su perturbación. Decírselo sin miedos de si dejará de quererla, o nunca más la mirará. Porque las rosas, si son rosas, tarde o temprano florecerán...
Le pedí vehementemente que cerrara herméticamente sus oídos a cualquier cosa que pudieran decirle o sugerirla sus amigas o compañeras. Que jugara siempre a la verdad. Que tomara la sabia decisión de ser ella misma.
Yo por supuesto, jugaré mi rol de madre como ella bien sabe. No la dejaré ir sola a reuniones, fiestas o cines, porque las hormonas son anárquicas y no entienden de razones. Pero también le daré como hasta ahora, el espacio que su hermosa ilusión merece. Y le pedí contunuara siempre sincera y leal primero con ella misma y conmigo después. Las pupas de ninfa toman todo el tiempo que es necesario para que se formen las alas, Y una vez que éstas aparecen, la mariposa sale de su encierro y se da tiempo de nuevo tiempo para estirarlas y dejarlas secar al sol. No le importa si lo que tiene de vida como mariposa es tan sólo un día, al contrario, para vivir ese día a plenitud, le da chance a sus alas de fortalecerse...
"Hay que dejar que las cosas lleguen sin apurarlas" Así como cuando ella abandonó los pañales porque ella queria hacerlo y no porque yo la obligara. Así como cuando lanzó el chupón por la ventana porque no quería más usarlo y no porque a mi me pareciera que estaba grande para tenerlo. Así como durmió a mi lado hasta que le dio la gana y ella sola escogió el día en el que comenzó a dormir en su habitación, habitación que ahora ama y arregla y cuida a su gusto.
Yo jamás escuché a nadie. No me importó si el hijo de mi vecino hacía sus necesidades solo desde los dos años, o si al bebé de mi comadre le quitaron el chupón a los tres meses. La psicologia moderna y los comentarios del "gran daño que le haces a tu hija" porque le permitia domrir abrazada a su padre y a mi por ejemplo, los dejé correr como agua de rio, sin tocarlos ni beberlos.
Y el resultado de dejar todo a su debido momento, es la hija que tengo, de la que me siento plena y orgullosa.
No quisiera nunca que mi hija dejara por ejemplo de guardar una foto que refleje un momento especial de su vida, porque en la foto se ve fea, o gorda, o aparece una nariz más grande de lo normal...
No quisiera que mi hija se privara de ir a una reunión o salida o evento porque no tenga ropa adecuada ni posibilidad en ese momento de adquirirla. No quisiera que mi muchacha siilenciara un sentimiento sincero y espontáneo porque podria verse ante los ojos de los demás algo tonta.
Y si ella tiene metas, sueños, anhelos, que los luche y le de espacio a la ilusión. Porque al final en la vida solo goza de ratos de felicidad quien se permite ser honesto consigo mismo.
Ya mi muchacha está próxima a cerrarle la puerta a su niñez. Que lo haga despacio en la secuencia que le corresponde. Sin apuros. Sin violencia. Cuando ella quiera hacerlo. Para que esa puerta que quede atrás sea un momento lindo para recordar y no un trauma. Para que esa puerta sea como el último pañal que ella misma echó a la basura o como el chupón que ella misma lanzó por la ventana.
Mientras tanto, yo seré madre. Yo vigilaré los cerrojos. Yo frunciré mi ceño cuando corresponda, pero dejaré libre el pasillo para que ella pueda circular por él cuando deba hacerlo, sin obstáculos. Camino a la puerta que dice "mujer" y donde toda una vida se le brindará majestuosa, siempre que ella juegue a la verdad.
Si algo espero lograr de mi "chiquita" es que sea honesta con ella misma. Se siente rico cuando a la hora de dormir, no hay mentiras que recordar ni papeles que memorizar para jugarlos al día siguiente...


Aida Beccaria

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Este sustico que me anuncia algo...
es como un presentimiento

Tengo un presentimiento. Es una sensación justo aquí en la boca del estómago que me dice que algo muy malo va a pasar. ¡Ay Dios mío, protege a Perucho que se la pasa llevando y trayendo gente extraña en ese taxi! Ojalá y no sea nada grave lo que va a ocurrir… tengo como ganas de llorar… ay mi Dios... ¿Por qué? ¡Hay que pensar en otra cosa!... El recibo de teléfono, me toca pagar el recibo de teléfono que se venció ayer. Pero me parece que el pobre Perucho no tiene los reales completos. Con esa llamadera que mi hijo tiene al celular de la novia, llegó un cuentón que jamás había visto en la casa de una familia decente. Dígame, más de trescientos bolívares ¡Cuándo Dios mío! Si yo me acuerdo que alguna vez llegué a pagar veinticuatro nada más por ese servicio que, dicho sea de paso, va de mal en peor… Lo más triste es que la novia fulana esa con la que anda mi hijo es una bicha. A mi me parece que hasta se droga. Desde que está con ella no estudia y se la pasa en una parranda. Yo confío en la educación que le di a mis hijos, pero mi madre me advirtió siempre que cuando uno se enamora no hay educación que valga. Ya sabemos “que más jala un par de tetas que un carro tirado por bueyes”… por eso debe ser que la novia de mi hijo lo trae loco… Esa mal hablada que se viste de un raro y un feo que da grima. Y a mi me toca andar pendiente de esos dos justo ahora que me tienen que operar la vesícula. Bueno; eso y si consigo cama en el hospital, porque con lo del seguro vencido y el rollo con los hospitales que nunca tienen nada pero se la pasan full  ¡Qué deprimente! ¿Qué puedo hacer? Igual me tengo que operar, ya no puedo esperar…Estos gases y este malestar y esta acidez ¡Nada me cae bien! ¡Todo lo repito! Ya ni el café con leche… Me está doliendo la cabeza. ¿Será que por aquí me quede una pastillita de esas que son tas buenas?... ¡Justo! ¡Yo sabía! La caja vacía, ahora me toca comprarla. Espero que no me la hayan aumentado. Ya con lo que la subieron la última vez es más que suficiente creo yo. Pero ¿A dónde vamos a parar con esta aumentadera de precio? Ayer sin ir muy lejos, compré las pastillas de la tensión de Perucho y ya hoy, cuando fui a buscar otro frasquito para tener por si acaso, y me encuentro con que el frasquito bendito amaneció el doble. Y es que todo el mundo se empató en eso de robar para vivir… “la inflación te dicen" y con ese cuentito te lo meten doblado…En cambio, al bolsa de Perucho le da pena cobrar una carrerita corta cuarenta bolívares… Y yo le repito todos los días: “El aumento de la gasolina, los repuestos, los cauchos Perucho”… Pero es que mi viejo es decente, bueno decente no ¡Bolsa es que es!
Ahí es donde yo digo, una sufriendo y esos políticos gozando un puyero, bueno ¡Qué digo un puyero si las puyas hace rato que no existen!... Será más bien gozando un billonero… Y a propósito de millones y billones ¿Qué pasaría con el carro que le robaron a mi hija el mes pasado? Nunca apareció ¡Y con los sacrificios que le compramos su cacharrito a Lolín! Nada más estábamos esperando un respirito para hacerle su seguro y antes de poder decir “Jesús” se lo roban del estacionamiento ¡Nadie vio nada! ... No y todavía tengo que darle gracias a Dios que ella no estaba ahí, sino capaz y me la matan también…Ahora anda sin carro y yo más nerviosa que un bisteck de lagarto porque dicen que en las camioneticas y en el metro están robando mucho. Yo escucho cada cuento…
¿Y ahora? ¿Esos gritos? ¡Tenía que ser la bendita conserje y la loca de la junta de condominio! ¡No, pero lo que soy yo no pago un mes más de condominio hasta que no arreglen definitivamente el condenado ascensor!  Ya vamos para un año que lo parapetean, una pagando y el armatoste dañándose… Y todavía y encima que cada recibo de esos llega que parece un alquiler en lugar de un condominio.
Y no hay quien le meta la mano a eso porque yo qué sé de administraciones y esas cosas. Sinceramente en este país estamos todos jodidos. No hay quien te proteja y de parte del gobierno lo que nos regalan son impuestos y leyes como arroz. Eso sí, una ley peor que otra…
Y ahora que pienso en impuestos, tengo que ir a la Alcaldía a actualizarle los trimestres al carro de Perucho no vayan a ser que lo multen, y cuando vaya a la Alcaldía me van a escuchar la lengua un ratico. Porque una pagando y que “derecho de frente” ¡Y lo que tengo de frente ahora es un tronco e’paredón! Alguien dio unos permisos que me parecen medio chimbos y empezaron a construir como locos ¡Que hasta la imaginación se la tapiaron a uno!…Pero eso sí. Cada día que pasa se paga más para ver como los semáforos no sirven. Los fiscales se amotinan quince y últimos. Los ladrones y delincuentes a la orden del día. Las aceras hechas un desastre. Un montón de mendigos y pedigüeños que espanta. Yo me supongo que todas estas desgracias tendrán culpables.
Pero… ¿Y los culpables?... Muy bien gracias. El día del juicio final será que se las cobren…
Y ahora que miento cobrar, no va a tardar en pasar el turco a cobrarme la cuota de los tenis de Carlitos ¿Quién me iba a decir a mí que los árabes se harían necesarios otra vez?... No es que en lugar de ir pá lante vamos pá tras…
¡Qué vá! me pongo a limpiar, para distraerme, porque no se me va este presentimiento. Es como una angustia en la boca del estómago. Anoche dormí mal… unas pesadillas terribles…me despierto como con un susto en el pecho… ¿Será que va a temblar?... porque con estos calores… ¡Ni lo quiera Dios! Aquí si tiembla no sé qué puede llegar a pasar… Yo a este edificio no le tengo mucha confianza, yo sé que tiene unas filtraciones terribles por el sótano y los cimientos se pueden dañar. Pero como el edificio de al lado lo van a desalojar para vendérselo a una constructora, al dueño no le interesa arreglar nada. ¡Claro! que se frieguen los demás que tienen sus realitos puestos en estas cuatro paredes. El italiano dueño del edificio de al lado, dice que él lo que tiene ahí es una beneficencia pública. Porque de alquiler le están dando quinientos al mes. Entonces, lógico, el tipo no le arregla nada al edificio. Después veremos a los inquilinos llorando por ahí con pancartas de somos desalojados… queriendo dar lástima… aunque lástima dan… ¿Dónde se van a meter digo yo? ¡Si ahora un rancho mitad bloque mitad cartón te lo cobran como una quinta! Y ya nadie quiere alquilar. No se puede alquilar es como regalarlelo de una a otro. El italiano se fregó, más nunca saca esa gente de allí. Y nos fregamos nosotros porque la filtración se queda hasta que tumbe el muro.
Pensar que hay un gentio colgando en ranchos en esos cerros. Que claro, es el mismo gentio que se pega a los cables de luz y se la roba ¡Y uno pagándole la luz a esos muérganos! Porque yo sé que los recibos de luz nos los aumentan día con día gracias al poco de corriente que ésa pila de gente se roba. ¡Pero te libre Cristo de no pagar un recibo a tiempo para que vean cómo te la cortan sin piedad! Después si quieres luz, tienes que pagar reconexión y ahora la paja esta de las multas. Resulta que tengo que gastar lo mismo que gastaba en el 2009… Esto es una locura… Una todos los meses llega en la punta estirando el dinerito… ¡Son milagros los que hacemos las amas de casa!... Y eso que ya no se gasta en diversiones ni mucho menos ¿Quién va para el cine ahora? Y salir como antes a tomarse una cervecita con el marido de una es impensable. A ver si encima te atracan. Es que estamos casi en un toque de queda…
Esta angustia… ¿Qué podrá ser?… Dan como ganas de llorar… Es eso, como un presentimiento, una opresión justo en la boca del estómago… ¿Qué será lo que va a pasar?... Bueno, gracias a Dios que no todo es malo y a Carlitos le conseguimos cupo en el liceo. Yo temblaba con eso del cupo. ¡Es que no podíamos pagar otro año con los curas! ¿De dónde sacábamos seiscientos bolívares mensuales? Y en ese dinero no van los útiles, la ropa, los zapatos… ¡Es que en este país para criar un hijo como Dios manda, o hay que ser millonario o corrupto!... Porque vamos a estar claros, dos muchachos en el colegio ya son mil doscientos bolívares. Después viene la luz, el teléfono, el gas, el condominio (los que tenemos suerte de no pagar alquiler), los gastos del carro, el mercado… ¡Qué vá!... Siete mil bolívares por lo bajito para vivir más o menos bien ¿Y quién coño gana eso?... Yo tengo espanto ahora cuando se acabe el liceo y empiece la universidad ¿Cómo haremos? Sí es la Central que casi no se paga, ahí están los encapuchados y una vive en zozobra todo el día. Si es la Católica o la Metropolitana ¿Quién puede pagarlas?... Ya falta poco para esa tormenta…
Los hijos de una, hay que encomendarlos a Dios todo el tiempo. Sí que hay peligros para ellos: curas narcotraficantes, muchachitos matones que andan sueltos por ahí, el dengue, la porcina, sádicos, carros que pasan volando llevándose a la gente por delante, drogas, promiscuidad, sida, policías corruptos, maestros que no saben ni leer, hampa, bandas… Mejor será no echarle coco a todo eso… ¡Qué angustia!... ¡No se me quita esta mala vibra ni con el lexotanil! Voy a ver un rato de tele a ver si dejo de sentir este horrible presentimiento… ¿Y eso son comiquitas?... ¡Qué bolas!... ¿Cómo no van a ser agresivos nuestros niños? ¿Dónde se ha visto que semejante barbaridad sea un espectáculo infantil?... ¡Dígame el cielo!... Dios se escupen, se matan y hablan de mierda como un chiste… Y… ¡No puede ser! ¡Sexo promiscuo puro y simple! ¿Ves?... Está una madre de lo más tranquila cocinando creyendo que sus hijos están cuidados en su propia casa y ¡Mira tú lo que están asimilando!... Esto es el fin del mundo… ¡Alguien tiene que ponerle un parado a esto!...¿Cómo permiten?... Voy a cambiar al noticiero, ya es la hora…
¡Pobre gente!... Se les cayó el cerro con la lluvias… mira ese lodazal… ¡Todos los años es la misma cosa!... Llueve ¡Y se muere un gentío! Y otro tanto pierde la casa... ¿Y de quién es la culpa?... del gobierno primero que los deja impunemente talar monte para montar su rancho, del gobierno segundo que no les pone un reparo y cuando se les cae el rancho les permite levantar otro, del gobierno tercero que ve cómo una pila de familias le corren al agua y no ofrecen soluciones y de uno cuarto por dejar al gobierno.
Me da risa cuando le dicen a esa gente que la solución es que se vayan al interior. Pero es que ahí las cosas están peor. Caracas es Caracas y lo demás monte y culebra… ¡No hay nada!...ni colegio…ni hospitales…ni trabajo… ¡Lo que si tienen es mosquitos, jejenes y sarna por montones!...
Mejor leo el periódico un rato para que se me quite esta preocupación y esta angustia ¿Cómo pueden desaparecerse los millones? ¿Pero en que país estamos? Aquí más bien felicitan a los que roban y hacen “guisos”… Yo todavía no he visto un corrupto preso… ¿Hasta cuándo?... Mira esto: “Setenta muertes violentas el fin de semana” ¡Ni en la guerra!...
Hablan de muertes violentas por enfrentamientos bélicos en quién sabe dónde, pero resulta que aquí mismito, un gentío se muere a balazos y navajazos todos los días ¡Y somos un país democrático, libre y feliz!... Dicen estos hijos de su mamá y te dicen: “Ahora Venezuela es de todos” Si Luis que de todos. Será de choros, será…
Y sigue esta angustia que me está matando. ¿Si todo está en paz por qué este mal presentimiento?... Ahí está la noviecita de mi hijo. Pero no le voy a abrir la puerta. ¡Mira cómo viene vestida! Ya no hay pudor ni decoro…
Me voy a hacer la loca y a seguir leyendo el periódico. ¡Que se frunza! ¡Qué se vaya la niña esa a echar varilla a otro lado!...
¿Qué es esto? Mira lo que dice el periódico: “Los travestistas exigen sus derechos” ¿Sus derechos? Y los derechos de una ¿Dónde están?…
No se me quita este susto. ¡Qué no le pase nada a mi negro! ¡Virgencita atiéndeme!... No hombre… No le puede pasar nada. Yo sin mi Perucho estaría frita ¡Ni seguro tenemos!... Este sustico… Este salto en el pecho…Una angustia…Me voy a tomar un tilito…
Me parece que llegó Perucho… ¡Menos mal!.. Ya llegó el marido por lo menos, ahora faltan los pollos. Es que hasta que no los tenga a todos en casa no me puedo quedar tranquila. Una no sabe, las cosas están tan malucas que ya ni teniéndolos en las narices están seguros…
Ajá…llegó Carlitos…falta la niña y estamos en paz hoy…
A ver con qué cuento me llegan porque seguro alguna vaina les pasó. Uno nunca sale ileso en estos días. Me parece que escucho la camioneta de Jacinta con la niña… ¡Si, es!... bueno, estamos todos.
A prepararles la cena y… otro tilito a ver si se me va el sustico… ¡Hace falta paciencia señor!... ¡Qué Dios nos coja confesados
¿Qué será lo que va a pasar?
-¿Carlitos, cómo te fue? ¿Qué? ¿Otro libro?... ¡No puede ser! esa gente cree que esta familia es millonaria. Tendrás que esperar un poquito a ver si me pagan una torta de cumpleaños que hice hace tres días.
-¿Qué fue lo que te pasó Perucho que vienes con esa cara? ¿No me digas que se te reventó la transmisión? Pero, ¡Ese carro tuyo es una carcacha!... Bueno hombre, no te aflijas. Saca los reales de lo del teléfono…Ya se verá, con el carro comemos y con el teléfono no.
-Y tu m’hija, estás pálida… ¿Cómo que te me estás enfermando?... Ya te voy a dar un té y una pastillita, esa es la virosis que anda por ahí. Bueno, lo importante es que estamos todos en casa sanos y salvos…
Este sustico, es que es como un presentimiento que algo malo va a ocurrir ¡Ay diosito protégenos y que nada malo pase!


Aida Beccaria